El capitalismo como una feria. Llena de atracciones... Más bien como una noria: en la que giramos entre mareados y eclipsados por las luces, la música y la experiencia evasiva. Una noria donde el eje anda suelto y andamos al borde del abismo...
Los demonios de barro me identifica, me apela... Yo podría perfectamente ser la chica obsesionada con el trabajo -pero nunca llegué a perder tanto el vínculo con el pueblo-. El abuelo estaba obsesionado con el agua y comprar tierras; la nieta, con ser la mejor profesional en su sector. Obsesiones que tratan de llenar un vacío que nada tiene que ver con lo laboral o la acumulación de capital -más bien con estar donde y con quien queremos estar-.
El piso de la chica está lleno de automatismos y tecnología. Un piso pequeño, de ambiente controlado, listo para relajarse después de una dura jornada. Pero cuando llega a la casa del pueblo, todo es manual, la naturaleza trata de colarse por cada pequeño rincón y hay un montón de tareas que exigen atención. Ese trabajo de casa tiene algo de reparador y también de obsesivo, pero no de acumulador, pareciera una reacción ante la erosión y un adaptarse a los ritmos del entorno.
Yo también tengo algunas manías. Me gusta fregar los platos a mano con agua fría. Es mi particular homenaje a Diógenes: fregar a mano es mi "comer lentejas"; lo que me salva de adorar al rey -contratar más potencia de luz-.
Cada nuevo pequeño cambio en el hogar es con electricidad. Y existen alternativas, aunque no sean tan molonas como una air-fryer... La sartén es un rudimento poco atractivo en los mercados de las luces, los pitidos y la inteligencia artificial.
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Ayer me fui con mi suegro y sus colegas a "la barraca". Una chabola en el campo, donde tienen un pequeño huerto, gallinas, perros... Todo hecho a mano con lo que han ido recogiendo por ahí, comprando y aportando cada uno.
Pasamos frente al Mataró Parc. Y, mientras Manolo iba contando la retahíla de males que lo aquejaban, el centro comercial se aparecía como en otra dimensión, un lugar totalmente al margen de nuestra realidad, algo irrelevante que trataba de llamar mucho la atención en el paisaje de pinares, invernaderos, edificios, autopistas...
Por fin brillaba el sol y me resultaba muy extraño y relajante estar hablando allí sobre las lluvias, los pueblos, la política, las enfermedades de los mayores, el ruso que había comprado los terrenos e iba a tirar la barraca... mientras preparábamos la panceta y la butifarra a la brasa y echábamos un trago al porrón de vino.
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En El regreso de las golondrinas hay un contraste muy fuerte entre el mundo rural de los protagonistas -anclado en técnicas y formas de vida ancestrales- y la vida nueva, brillante y acelerada que se abre paso en las ciudades: acumulando capital, comprando y vendiendo bienes de consumo.
Los protagonistas trabajan duro para hacerse un hogar en el mundo. Resulta hipnótico, el sucederse de las tareas agrícolas, la mula tirando del carro, la tarea titánica de construir una casa fabricando su propio adobe... Lo extraño son los coches pasando a toda velocidad, el bmw, el chico de ropa nueva que regatea los salarios, el piso en la ciudad...
En el pueblo me siento a veces como el protagonista, porque conviven los 2 mundos: el moderno y creciente capitalismo de consumo y los resquicios de autosubsistencia ligados al campo. Quizá no importa mucho que ahora tengamos que cuidar de motosierras, tractores y desbrozadoras, en lugar de mulas.... O quizá sí importa... Quizá nos hemos vuelto como nuestros medios: más máquinas, más ruidosos, más acelerados, más consumistas, menos sensibles al dolor ajeno.

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