Es importante tener algún amigo abogado que nos ayude a interpretar documentos legales. También algún médico que descifre informes y analíticas. Algún cargo público que facilite trámites; policías, arquitectos... Hay que tener amigos hasta en el Infierno. Especialmente en el Infierno.
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Así consiguió sobrevivir a la dictadura del militar golpista, a la transición y a la democracia. No pedía mucho y, con poca ayuda, consiguió medrar en nuestra sociedad. Se convirtió en una figura importante que, incluso, daba nombre -al paseo y al edificio a sus pies-. Quizá no sea un patrimonio necesario de mantener a toda costa. Quizá su tronco no acabe fosilizado en un museo. Pero La Palmera ha sido testigo de una época. Inmortalizada en fotos, cuadros y, por supuesto, en las vivencias y recuerdos de todo un pueblo.
Ha ido desapareciendo poco a poco: relegada a segundo plano por otras palmeras y, más recientemente, escondida tras un toldo multicolor -en el plasticoceno la vegetación cotiza a la baja en los mercados de la sombra y la ornamentación-.
Así que, a lo que no ha logrado sobrevivir es a una globalización cutre, depredadora y oportunista que, igual que exporta guerras a oriente medio, se trae al cambio plagas de llamativos picudos gorgojos rojos.
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La Palmera, en su relegación a segundo plano, fue perdiendo amigos... Especialmente los amigos del Infierno.



