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domingo, 25 de octubre de 2026

Hilando el fachismo

Se habla mucho de que si la juventud es ahora más de derechas que antes. También las mujeres -con grandes lideresas muy fachas: Ayuso, Meloni, Miriam Nogueras... A los hombres ya se les da por perdidos, ellos inventaron el fachismo... 
Es verdad que, quizá, están teniendo un repunte las derechas - más o menos extremas-. O, por lo menos, se exhiben más, no les da vergüenza, se les dedica mucha atención... 

Hay quien dice que se debe al agotamiento del capitalismo y la social democracia: ya no es posible seguir creciendo al ritmo anterior, ni quedan terrenos por descubrir. Ya sólo nos queda expoliar y explotar a un otro cada vez más cercano. Por eso triunfan estas ideas, racistas y del privilegio: -Igual no soy el más rico, ni el más ario, pero soy de aquí de toda la vida, así que estos se deben quedar por debajo, que sufran y trabajen como sufrieron nuestros abuelos-.

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Entramos al museo de Lagartera. Todo normal. Pagamos dos euros por cabeza y una señora nos enseñó una cocina de antiguamente, las diferentes estancias de la casa -con su cerámica, lo dorado, baúles...- y los trajes típicos de la zona. Conocía muy bien las diferentes prendas, los tejidos y las piezas que las adornaban. Iba hilando todo con las diferentes festividades y los usos de los trajes. 
Nos llevó a una sala con telas que parecían antiguas, muy adornadas... Y, aquí, más que en ninguna otra sala, la mujer estaba en su salsa. Nos dio todo tipo de detalles de las diferentes técnicas de bordado utilizadas. No se estaba tirando el pisto ni repetía como un papagayo. Sabía de lo que hablaba. Resulta que Lagartera había sido famoso durante los últimos siglos por sus bordados artesanales. -Tengo recuerdos de cuando aprendí a leer y escribir en el cole. Pero no sé cuándo aprendí a coser. Aquí todo el mundo cosía. La población vivía de esto. Esta sábana que veis aquí puede tener dos años de trabajo de una persona bordando 8 horas diarias.- Nos contaba, mientras sacaba un cojín de costura, aguja e hilo. Nos dio una pequeña lección, mientras quitaba hilos de la tela para formar la cuadrícula. -Ya ha caído mucho. Los jóvenes no se dedican a esto. Yo tengo 60 años y, la mayoría de las que quedan son mayores que yo. Las nuevas generaciones no saben coser.
Al pasear por la calle se veían muchos carteles de casas en la que se podían hacer encargos y se vendían labores. Sí, se notaba que había sido un trabajo importante en la localidad.

Archivo:Museo Sorolla - 00957 - Tipos de Lagartera o Novia lagarterana.jpg
Tipos de Lagartera o Novia lagarterana - Por Joaquín Sorolla - Museo Sorolla cedió este archivo por mediación de Wikimedia España., CC BY-SA 4.0, Enlace

 Me preguntaba cómo no habían llegado a automatizarse, a industrializarse y a producirse en serie aquellos productos? Cómo el capitalismo no había absorbido aquello y lo había enmierdecido -haciendo lo mismo pero con calidades cada vez peores-.

-En estas casas convivían tres o cuatro generaciones. La gente se casaba y tenían que quedarse un tiempo... Era difícil acceder a la vivienda. -Ahora también.- Dijimos al unísono, con una suerte de carcajada triste. 
Nos mostró unos cuadros de un pintor local. Representaba detalles de una boda. -Antes duraban cuatro días. Se invitaba a vecinos, familiares... Las familias eran muy extensas. 
-Mi hijo se casa el año que viene. Vive en Madrid. Se casa con una chica que no es de aquí. Los jóvenes ya no quieren tanto lío. Comida en el restaurante y cada uno a su casa
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Básicamente describió la atomización de la sociedad, cada vez más individualistas. Socializados por el consumo: queremos la foto en el restaurante y luego irnos a ver una serie. Nos agobia la idea de compromisos familiares. Un piso pequeño con conexión a internet y alguien que nos traiga la comida a casa. Ver todo arder, desde el sofá. 

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La fascistificación de la sociedad que se denuncia últimamente es la producida por la individuación y los contenidos que promocionan las redes sociales. Como estamos solos en casa, aunque nuestro contexto familiar sea obrero, progresista, antifranquista, etc. no resulta efectivo. No se utiliza para contrastar, debatir ni discutir. Es un contexto excluido. No estamos atados a una tradición o lugar. Así que, ese enraizamiento que podía servirnos de guía en nuestro día a día, acaba sustituido por todos esos mensajes de odio al inmigrante, por los deseos de enriquecimiento rentista y una suerte de meritocracia reconfortante. Nos dejamos guiar por una ideología que básicamente viene a legitimar la desigualdad y la acumulación de capital a costa de los otros que no participan de nuestra forma de ver el nuevo y flamante mundo moderno.

Se dice que son los jóvenes los más vulnerables. Pero, yo miro a mi alrededor y, es la gente de mi edad y mayores, en los que se van asentando con más vigor estas ideas -seguramente permee también a los hijos-. Quizá, realmente, sean los jóvenes los menos vulnerables: porque socializan en las instituciones educativas, salen, se divierten y, sobre todo, sienten como el capitalismo financiero y rentista trata de apropiarse de su fuerza de trabajo -a cambio de alquileres y precios exorbitados-. Son los jóvenes los que están en las acampadas, los que han convocado una huelga general, los que se manifiestan en las calles... Los fascitificados somos nosotros, los pollavieja que no queremos renunciar a nuestras potenciales propiedades y la exigua parcela de poder.

 

domingo, 18 de octubre de 2026

Entre trabajos

Hace unos meses comencé un proceso de selección. Un par de entrevistas y me cogieron. Así que ahora ando entre trabajos. Cuatro años de servicio en una consultora parecen más que suficientes. Y eso que no estaba del todo mal -tampoco del todo bien-. Realmente me apetecía probar algo nuevo. Otras formas de trabajar, quizá algo donde no fueras constantemente interrumpido por problemas y personas buscando notoriedad. Mirándolo con la distancia y la calma... Era un ambiente estresante y muy competitivo. Ese estar constantemente entregando a producción, con pequeñas microtareas, siempre urgentes...

Antes de empezar en la nueva empresa, he pillado una semana de vacaciones. Estoy aprovechando para hacer pequeñas chapuzas en casa: pintar la fachada y arreglos varios. El lunes fui con mi padre al campo, donde crece el orégano. El martes llevamos los borregos a la cooperativa, el miércoles madrugué para revisar las ovejas (con este calor, andan acostadas a la sombra en las horas centrales del día)... No he dedicado tiempo a escribir, leer, o pintar cuadros... Necesitaría más semanas de vacaciones para llegar a estar en paz, para tener tiempo de verdad. 

Tengo un amigo que está estresado. Es autónomo. Se especializó en el arreglo de electrodomésticos, pero hace todo tipo de chapuzas. Le llama mucha gente, a todas horas. Todo el mundo quiere hacerle trabajar, a todas horas. "Constantemente entregando a producción, con pequeñas microtareas, siempre urgentes". Pequeños egos compitiendo por darle prioridad a sus arreglos.

Los trabajos son duros, por eso necesitamos que nos paguen, por eso todo el mundo sueña con la jubilación... no para ser viejos, sino para dejar de trabajar para los demás y centrarnos en lo nuestro, o en los nuestros... para recuperar el tiempo.

No me dolió dejar el trabajo. Me han tratado muy bien y tenía una muy buena relación con los compis -de la consultora y también del cliente final-. Pero yo también he entregado lo mejor de mi. Era una relación laboral en la que yo he cumplido con creces, no creo que nadie tenga quejas de mis servicios.

A la tarde fuimos a Peloche... A última hora, después de las 8. Es cuando mejor se está. Es flipante cómo va cambiando la luz, las nubes, las charlas de las pocos grupos que van quedando en la orilla. El agua estaba caliente y en calma, ideal para nadar o simplemente flotar, mirando el cielo pasar. 

Esta semana no he tomado café. Y me siento bien. Despierto. 

Antes de despedirme, me invitaron a participar en unas entrevistas para incorporar un sustituto. Nunca había asistido a algo tan sucio. El caso es que los candidatos parecían estar dispuestos a someterse a ese cuestionario absurdo sobre conocimientos generales. Un sinsentido, porque todo se podía resolver con preguntas del tipo qué has estado haciendo? Cómo trabajas?... Pero, en tiempos de la IA y los buscadores de internet, seguimos obsesionados con el conocimiento enciclopédico -cuando resultan mucho más útiles, la actitud y las habilidades-.

Ya llevo unos meses en el nuevo curro. Está bien, los roles están bien distribuidos y cada uno hace su parte -al menos en los proyectos bien asentados-. 

Ayer, en el campo, estuve usando la desbrozadora con la cuchilla de sierra. En mi cabeza era muy fácil, pero la naturaleza es muy irregular, las jaras son muy duras, lo que cortas te cae encima... hay que practicar y probar para dar con la técnica apropiada a cada circunstancia.

lunes, 10 de marzo de 2025

El éxito profesional y la familia

El ayuntamiento introdujo algunas novedades en la organización del día de la mujer. Habían elegido a una chica de éxito para homenajear en la celebración de ese día: una arquitecta que, trabajando duro, con esfuerzo y sacrificio, está consiguiendo levantar una carrera profesional desde el pueblo.
Carmen -la homenajeada- preparó un discurso bien interesante: desde la experiencia personal, relatando las dificultades específicas y prejuicios que debe soportar una mujer para desempeñarse laboralmente en un ambiente copado por hombres. Fue un relato sobrio, sincero, fresco, realista... un relato de superación personal.

En mi ámbito profesional hay pocas mujeres. Aunque pareciera que los hombres cada vez nos implicamos más en la crianza y las tareas del hogar, si me preguntaran sobre mis compis -o yo mismo-, diría que el grueso de esas tareas sigue bajo el mando y liderazgo de las mujeres. Y, oye, hay personas muy sacrificadas y vitales que pueden con todo eso y más. Pero la cosa es que tampoco hace falta sufrir -o ser SuperWoman-. Vivimos en una sociedad hedonista e individualista, una sociedad en la que el ocio por el ocio es también una actividad de consumo y, por tanto, productiva... Vivimos en un futuro donde las máquinas y la IA trabajan por nosotros... ¡Alexa! Lleva a las niñas al cole!

Dejando a un lado la ironía: ni la IA es tan inteligente, ni los avances tecnológicos han conseguido liberarnos de trabajar para otros. El trabajo remunerado nos sigue exigiendo sacrificar el trabajo en nosotros mismos y los cuidados de los que nos rodean. Hay algo perverso e insatisfactorio en esa lógica:
Hace unos días escuchaba un podcast de unas mujeres entradas en los 40s que hablaban de lo difícil que resulta tener hijos a partir de esa edad. Una edad en la que ya disponemos de cierta estabilidad y se nos ocurre que, quizá, podríamos dedicar parte de nuestro tiempo a nosotros mismos, más allá del binomio ocio-profesión. En la meseta de nuestra vida, comenzamos a cuestionarnos el valor de la carrera profesional y lo denigrante que pudiera parecernos realizar las tareas del hogar: sí, preparar puré, cambiar pañales, jugar... es un trabajo pesado, si son los niños de otros pero, quizá, pueda ser una tarea satisfactoria si se trata de tu familia. Fregar los platos, hacer pequeñas reparaciones en la casa, cocinar... también nos puede hacer sentir orgullosos. Quizá, en esta edad donde vemos envejecer a nuestros padres y aparecer nuevas generaciones, tomamos consciencia de que la carrera profesional no tiene fin, pero la vida sí. Y eso no quiere decir que haya que lanzarse a procrear, pero quizá sí que nos lleva a fantasear con trascender más allá del trabajo por cuenta ajena -o autónomo-.

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Como broche final habló el alcalde del pueblo -se trataba de un acto organizado por el Ayuntamiento-. Desde las instituciones es común hacer referencia al progresismo y la democracia, como bienes en sí mismos, generadores de riqueza, libertad, igualdad... En este caso, Progresismo y Democracia, habían conseguido que no sean solo los hombres quienes tengan éxito profesional -ahora, las mujeres también pueden llegar a lo más alto-. Por fin los hogares han quedado vacíos y todxs podemos entregarnos a la productividad y el ocio.
Sí, desde el punto de vista de nuestras instituciones, y también desde el del tejido económico y empresarial, la homenajeada era un innegable caso de éxito. 

Pero vivimos en un pueblo y sabemos que, al lado de la arquitecta, hay otras dos hermanas con titulación universitaria, unos abnegados padres y una familia extensa que ha dado soporte para configurarlas como punta de la lanza. Seguro que su familia está muy orgullosa de ellas: han conseguido grandes cosas.
Ese estar orgullosas las madres y abuelas se repitió varias veces -yo tenía a mi padre al lado y no dejaba de decir que el padre también estaría orgulloso-. Y para estar orgulloso de algo, hay que participar de ese algo. Pero las instituciones, el tejido económico y empresarial, Libertad y Democracia no serían jamás capaces de reconocer a una entidad  rancia, comunal y obsoleta como la familia ningún éxito. Todo éxito debe ser personal e individual. Aún a sabiendas de que la familia es, a día de hoy, el principal mecanismo de reproducción de la mano obra... De ahí esa ambigua relación entre instituciones y familia: por un lado se exalta el éxito personal -para desactivar cualquier capacidad política- pero, a la vez, se siguen sosteniendo y apoyando los servicios -sanidad, educación...- y privilegios de la la familia -herencia, protección legal...- para mantenerla viva como unidad biológica de reproducción y pieza básica de la estratificación social.

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La familia ha quedado excluida del relato y el imaginario de las clases medias y bajas como actor social. En los 80s, 90s abundaban las series y películas de familias más o menos extensas que tenían un papel en su comunidad: Farmacia de guardia, El príncipe de Bel-Air, Médico de familia, Los Simpson... Pero pareciera que, finalmente, haya triunfado el relato de series como Friends: donde un conjunto de profesionales aparecen en el escenario de una gran ciudad y sólo dependen de su trabajo para seguir adelante. Como si el Estado y las empresas privadas proveyeran de todo a quien tiene ambición y ganas de trabajar... Extraño relato para un mundo plagado de desigualdades. Donde sabemos que hay que nacer en unas circunstancias muy concretas solo para tener la oportunidad de acercarse a la puerta del ascensor social. Cuando, además, el tiempo de vida durante el cual podemos desenvolvernos sin cuidados es relativamente breve.

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María, la hermana mayor de Carmen, se plantó en medio del escenario y, ante un auditorio prácticamente lleno, interpretó la emotiva canción "Mujer de las mil batallas". Y considero que hay que ser muy valiente para hacer algo así. Sobre todo alguien que no es una profesional de la canción. Valiente, hábil y exigente: porque lo hizo tremendamente bien.
Sí, también son importantes las cualidades individuales y el empeño personal para el éxito -no pretendo desmerecer a nadie-.

domingo, 5 de enero de 2025

El trabajador en potencia y el perfect flow

Llevo más de 2 años trabajando en una empresa de consultoría informática. Estos días también me encontraba leyendo sobre las diferentes corrientes políticas españolas en la modernidad. Y, llegando al socialismo, se me antojó imposible la materialización de las ideas marxistas que se exponían acerca de la emancipación de los trabajadores, la toma de los medios de producción o la dictadura del proletariado. Sería una absoluta marcianada plantear un discurso así en mi ambiente laboral: un ambiente dirigido por el deseo, lo aspiracional, la apariencia, el marketing y donde la producción es algo absolutamente irrelevante -un residuo de lo verdaderamente importante, que es la facturación a cliente-.

La consultoría es un ambiente muy individualista donde, además, no es nada fácil identificar el producto del trabajo -¿Cómo vas a desear apropiarte de algo que no ves o te es totalmente ajeno? Sí, ves el dinero en tu cuenta y podrías querer facturar tú, como individuo, directamente a la segunda empresa, o la tercera... El producto aparece difuminado detrás de la maraña especulativa del tráfico de mano de obra.
En la consultora para la que trabajo se venden equipos -para que los trabajadores sintamos algún tipo de vínculo entre nosotros-. Pero, en el día a día, somos un grupo de trabajadores externos en otra empresa, con condiciones diferentes y sometidos a sus reglas. El trabajo desempeñado se mide en horas facturadas. No importa el rendimiento. 

Quizá sería más preciso llamarlas empresas de trabajo temporal (ETTs) o empresas de recursos humanos pero, en el campo de juego del deseo y el mercado, consultoría suena mucho más atractivo. La especialización es poca: los proyectos son a corto plazo, un año se trabaja para una empresa y al siguiente puede que para otra. Así que nadie es experto en nada, aunque sí se llega a adquirir cierta habilidad y conocimiento en el manejo de herramientas genéricas y formas de trabajar estándar.
Al no existir una vinculación o un conocimiento profundo del producto... el trabajador es una especie de continuo estudiante que picotea de aquí y de allá, sin focalizarse ni responsabilizarse de nada. Lo importante es tener un buen portfolio de herramientas que conoce, con las que podría ser un candidato a trabajador -siempre como trabajador en potencia, nunca en acto-.

El consultor es un Chat GPT, un Gemini, una IA: tiene respuestas para todo. El buen consultor siempre parece saber de todo, es el cuñadismo hecho profesión.
El consultor es un trabajador infantilizado, que solo aspira a insertarse en el mercado como objeto de deseo, como anuncio comercial de infinitas posibilidades. El trabajo mismo le resulta algo misterioso, incompresible, etéreo, temporal... Lo toma como una posibilidad de promocionarse y adularse a sí mismo. La mayoría de mis compañeros parecen más preocupados por hablar de lo que hacen y decirlo ante las personas indicadas que por entregar algo de calidad. Así que se necesitan un montón de herramientas de control: dailies, metodologías ágiles, product owners, scrum masters, project managers, revisiones de código, tests automáticos... Trabajo burocratizado y enajenado.   

Vivimos en sociedades líquidas. Y el consultor es el resultado de los nuevos mecanismos de deseo, acumulación de capital, adaptación continua... Es quizá el trabajador que mejor encaja en los tiempos actuales, el único superviviente a la siguiente crisis que siempre amenaza con venirse encima, el que está al día en las últimas tendencias del mercado... El poseedor del Perfect flow.


lunes, 9 de diciembre de 2024

How to tener una vida placentera

Me esperaba una conclusión mucho más moralizante y disciplinante... algo así como lo de las chicas de Alcaser. Pero "How to have sex" no es así. Quizá sólo un poco... Desde luego las consecuencias de salir de fiesta no son tan brutales. Podría pasar por un relato ejemplarizante, una advertencia, o un manual de cómo no tener sexo. Pero sin pasarse de frenada. Sin llegar a decir que las chicas no follen; se puede follar, pero ojo, cuidado: no a cualquier precio; se trata de que sea algo placentero, no una experiencia de mierda.

Una etapa difícil los inicios. Supongo que quién más o quien menos se ha visto envuelto en situaciones similares. En relaciones en las que no quería estar, o haciendo lo que no quería hacer. Supongo que siendo chica es más fácil acabar en escenarios incómodos. A los niños siempre se nos educa o socializa en una cierta agresividad y competitividad, en forzar las cosas, en hacer activamente que pasen. Y luego está la pornografía por todas partes... oculta pero accesible a todo el mundo. Pareciera realmente difícil llegar a desarrollar una sexualidad sana y placentera.

 

Llevaba un montón de tiempo sin ver una película que no fuera infantil o de animación. Mi tiempo de ocio ha excluido esa actividad. No encuentro el momento de sentarme delante de la pantalla -tampoco para escribir-. Mi vida transcurre en un frenesí de actividad y obligaciones... No hay tiempo para pensar ni retomar posiciones... -¿Qué quieres ser de mayor?... -Vaya! Si ya soy mayor.

No soy una persona hedonista. En un sentido peyorativo de hedonismo: búsqueda del placer inmediato, entregado a los bajos instintos y el consumo egoísta... De vez en cuando puedo practicarlo, pero como un dejarme llevar -no como algo buscado o deseado-. Supongo que prefiero un placer algo más sofisticado, el que encuentro: leyendo, viendo pelis, cortando leña, cogiendo setas, haciendo chapuzas en casa, escribiendo...
Llevo unos meses que no se me ocurre sobre qué escribir. Y, usualmente, cada dos o tres semanas me venían unas ganas imperiosas de hacerlo. Pero de un tiempo a esta parte me cuesta desconectar del trabajo. Necesito varios días para olvidarlo... Siempre quedan un montón de cosas pendientes. Y tampoco es que yo sea el dueño de la empresa ni el jefe de nada -pero oye, si estoy en algo, me gusta hacerlo bien-. Esto ya me ha pasado otras veces: puedo verlo en el número de posts que hay en el blog cada año. Cuando hay pocos posts es que estoy demasiado entregado al trabajo... y es señal de que tengo que bajar el ritmo, porque a mí no me pagan más ni me ascienden por entregarme más. 

Hace falta ese paréntesis para mirarse desde fuera y decir: -Oye! Por ahí no es... No es necesario obsesionarse, ni con el trabajo, ni con tener sexo.

martes, 8 de octubre de 2024

Yuste, trabajo, algorimos, bañarse y podcasts

Desde que estoy enganchado al podcast de Las hijas de Felipe (no las de González o el Borbón, sino las de Felipe II), siempre se me aparece un trasfondo homoérotico en las historias de los monasterios: curiosos grupos de hombres o mujeres que se apartan de la sociedad para vivir de forma austera, orando, laborando... 

Mientras nos hablaba de su fundación, irrumpió apresurado un cura joven, alto, rubio, con acento extraño pidiendo paso para llegar a la misa. El guía turístico nos dijo que en los tiempos actuales costaba encontrar monjes y que, debido a eso, los que ahora viven en el monasterio de Yuste, habían venido desde Polonia. - Vaya... una historia bien bizarra... como las de los siglos XVI y XVII -pensé-. 

Resulta que el monasterio en sí es bastante modesto. Lo que lo hizo relevante a los ojos de la historia y el turismo fue que Carlos V lo eligiera como lugar de descanso tras su retiro de la vida pública. Así que, cuando entramos a ver el palacio del recién jubilado emperador, me pareció de justicia poética que un mosquito extremeño acabase con su vida: La Vera no es lugar para emperadores ni monarcas; muerto por pringao -que ya te lo dijo tu hijo Felipe II: que aquella era zona de paludismo-.

Claustro nuevo del monasterio de Yuste - Foto de octubre 2024

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En ocasiones tengo la impresión de que "el algoritmo" no me ayuda, todo lo contrario: trata de enviarme siempre a donde no quiero ir. Es una lucha constante por huir de sus recomendaciones musicales, que son siempre más de lo mismo.
En todo lo que tenga que ver con el ocio y el mercado, el algoritmo se comporta de forma odiosa. Al final lo consigue: consigue que me implique en luchas que no quiero librar, que aborrezca lo que no tenía ganas de escuchar y que vea lo que las grandes compañías tratan de convertir en tendencia. El algoritmo es muy inteligente, sí: sirve de manera apropiada a los intereses de quien lo puso en marcha.

En La linterna de Diógenes comentaban que una de las cosas que permite la tecnología es realizar funciones por nosotros... Pero que, en lugar de nosotros reemplazar esa actividad que ahora realiza la máquina, lo que hacemos es quedados sentados, haciendo scroll down, eligiendo la serie que vamos a ver, el restaurante donde vamos a comer, o la próxima ciudad que vamos a visitar... No hay reemplazo, ni integración de la máquina para desarrollar una nueva habilidad... solo desposesión. Dejamos de hacer algo que podía mejorar ciertas habilidades para dejarnos en un vacío existencial.
Yo lo percibo especialmente con los mapas: el google maps me ha convertido en un completo inútil. Yo antes podía orientarme, recordaba los nombres de los pueblos por los que pasaba... ahora me da pereza. Y, además, me pasa lo que con el algoritmo: ando luchando para que no me mande por sitios por los que no quiero ir.

Las máquinas nos imponen su agenda. Y pareciera que andan forzándonos continuamente para que nos adaptemos a sus formas de funcionar. Las formas de funcionar que técnicos y comerciales estiman más eficientes e intuitivas para que consumamos más y mejor.

En mi trabajo se van incorporando también estos "algoritmos" o "IAs", de forma más o menos explícita: en los IDEs, buscadores... Y parecen funcionar muy bien. Pero claro, cualquier cosa que te facilitan hace que puedas hacer otras muchas cosas, aquí sí que hay un reemplazo, integración de la herramienta, aumento de la eficacia, más producción... Antes había que escribir mucho código y ahora se escribe solo poniendo las etiquetitas del framework. Y se escriben muchos tests, y la gente anda a vueltas para que lo que se escribió hace tiempo funcione con lo nuevo, que es mucho mejor... la tecnología marca su ritmo, todos queremos trabajar con lo último, lo que automatiza todo, lo que hace todo más fácil y más rápido...
Ya nadie escribe código en editores de texto plano... Ya nadie escribe código. Todo es reaprovechable.

"¿Qué cantarán los trabajadores del campo cuando el campo sea una central energética?" ¿Cantaban antes los agricultores y ganaderos? Creo que nunca conocí a trabajadores que cantaran... Bueno... quizá en las películas, en los musicales... Quizá los albañiles cantaban. Desde luego ahora no me imagino a alguien trabajando y cantando... Justo en la era en que a todos nos apasiona nuestro trabajo. Pero es que si se trabaja y se canta... se es menos productivo! Quizá cuando en el trabajo se cantaba el trabajo era menos carga... Y no hacía falta lo del ocio...

¿Cuándo empezó la gente a bañarse? A desear bañarse. Construirse una piscina, viajar a la playa, sumergirse en el mar.
Creo que mis abuelos maternos, cuando ya eran mayores, empezaron a hacer turismo. Iban a "Los baños de Montemayor", que yo siempre imaginé como una suerte balneario y hospital.
Yo sí que iba con mis padres de vacaciones a la playa desde que era un niño. Pero estoy seguro de que ellos no fueron de vacaciones con mis abuelos.
A mi abuelo paterno le gustaba ir a La Celadilla -a unos 30 minutos en coche de Hontanaya-. Se metía en pelotas entre los juncos y se cubría de barros medicinales. Mientras los primos nos bañábamos...
Porque estábamos acostumbrados a bañarnos en cualquier sitio -en Herrera ya había pantano y nos plantábamos allí con las recámaras de las ruedas a modo de flotadores-.
No se concibe una vida plena sin los viajes, la playa, el ocio como oposición al trabajo... bañarse...

domingo, 10 de marzo de 2024

De cumpleaños, conciertos, anuncios y... cosas

Por mi cumpleaños fuimos a ver un concierto de Daniel Higiénico. Era una sala pequeña -un pub-. Hacía un montón de tiempo que no lo escuchaba. Y le empiezas a dar vueltas a lo del tiempo... Time goes by con Loli.

El tipo lleva muchísimos años en el mundo de la música. Pero nunca ha sido famoso. No ha sonado en grandes medios -creo que tampoco ha salido en la tele-. Pero se debe de ganar la vida porque... ahí sigue: dando conciertos en un circuito de salas por todo el Estado español. Y realmente el espectáculo está muy bien, muy pulido. Él lo llama "cancionólogo". Y el nombre le va muy bien: porque sus canciones son pequeños monólogos que va hilando con una conversación agradable y divertida. No necesitas conocer las letras, incluso mejor si es así.

Por curiosidad consultamos su edad... Porque ya vamos siendo grandes -y la edad nos preocupa-. En la sala había gente joven y, aunque no eran mayoría, también se reían. 64 tacos tenía ya -según Wikipedia-. Y, quizá, hasta esa edad, habrá estado escuchando lo de Córtate el pelo y prepárate una oposición. No sé... me pareció un héroe, un superviviente.

Me trajo recuerdos de Barcelona. Canta todo en castellano, pero el humor, los ritmos, las expresiones... Fue muy agradable, divertido y acogedor. Nada que ver con conciertos al uso, atestados de gente.

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Me sabe mal enlazar videos de youtube. Tiene una estrategia muy agresiva para la publicidad. Si yo fuera una empresa nunca pondría un anuncio ahí. Está claro que los utiliza para extorsionar a los usuarios y que paguemos la cuota premium. Necesariamente tiene que generar mala imagen de marca. 

Se me aparece como la decadencia absoluta del capitalismo. Empachados de comprar cosas, la publicidad se ha convertido en arma arrojadiza. Los beneficios no crecen y se recurre a la extorsión, el engaño, los impuestos y la usura para extraer las rentas de las clases más bajas y transferirlas a los multimillonarios del "Valle de la Silicona".

Me encanta "traducir" Silicon Valley de esa forma. Me imagino un montón de frikis pervertidos rodeados de chicas operadas. Como una versión grotesca de "El nacimiento de Venus", sin Boticcelli.

El 1 de marzo Venus García bajó de los cielos pidiendo amnistía

 

Supongo que en época de Boticcelli las cosas tenían importancia y se hacían para durar. Quizá aún no existía esa imperante necesidad de hacer crecer los beneficios. Quizá la ostentación estaba en los bellos cuadros y no en los números del banco. Seguramente la artesanía y la fabricación no estaban separadas. Quizá uno podía recrearse en los objetos, repararlos, heredarlos... Quizá lo de la publicidad como gancho -a ver si pican- era un absoluto absurdo.
Se me aparece que Daniel Higiénico está sumido un tanto en esa lógica de la época de Boticcelli. Que su publicidad es el boca a boca y que tiene ese toque de trovador y trabajo artesano.


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El otro día miraba la pata del jamón... -Debería darle la vuelta. Es lo que se hace cuando pasas los 40. Aunque... -Los 40 son los nuevos 30... Definitivamente: no quería darle la vuelta. Luego me encontré esta foto de la menor de mis hijas. Mostrándome el reloj: -Mira, te hago mayor.
Y esos retratos al fondo... de cuando eran pequeñas -más pequeñas-. El tiempo pasa y se nos va en putas mierdas... Yo solo quería coger la desbrozadora, echar gasolina, ponerme el casco, los auriculares... y segar la hierba. Pero había tantas cosas que hacer... -Prepararé un poco de puré.



viernes, 23 de febrero de 2024

Resolución de problemas en el desarrollo de software: una mirada fenomenológica

Seguramente la fenomenología sea una de las corrientes filosóficas más importantes e influyentes del último siglo. Sus principales autores fueron un puñado de señoros blancos, centro europeos, más o menos acomodados, que desarrollaron sus carreras en diferentes cátedras universitarias: Husserl -al que puede considerarse el padre de dicha corriente-, Heidegger, Merleau-Ponty, Sartre, Gadamer...
Durante la Segunda Guerra Mundial, con el auge del nazismo, algunos de estos filósofos huyeron del viejo continente y la fenomenología extendió su influencia por las américas. Así que, a día de hoy, existe una amplia bibliografía y expertos que siguen estudiando esta corriente, no sólo en lengua alemana y francesa, sino también en inglés y castellano.

Y ¿Qué carajos tiene que ver la filosofía con la resolución de problemas -especialmente con los problemas tecnológicos-? Bueno... el de este post, no es sólo un título que busque generar expectación. Aquí trataré de exponer como, mantener una actitud fenemenológica, nos puede resultar útil a la hora de abordar ciertos problemas que surgen en el desarrollo de aplicaciones informáticas... O quizá no resulte útil pero, al menos, nos hará sentirnos parte de un ser más global al conectar nuestras miserias de desarrolladores con los grandes problemas de la humanidad: ¿Qué es el Ser? ¿Es posible el conocimiento? Quizá, así, nos ayude a llegar más lejos, nos de aire para sumergirnos más profundo y, finalmente, nos conduzca al éxito si lo abordamos como una cuestión trascendental y no un simple problema técnico.

Si pudiéramos definir la fenomenología en una sola frase diríamos con Husserl que hay que "ir a las cosas mismas". Y, las cosas mismas, en este nuestro caso, van a ser los problemas tecnológicos. Y, para ser más específicos: los problemas surgidos en el desarrollo de software.

Muchas veces creemos que debemos acumular un montón de conocimientos teóricos para afrontar los problemas que nos encontramos en nuestro trabajo diario. Padecemos un cierto síndrome de Diógenes del conocimiento. Un síndrome que vamos cultivando desde que nos incorporamos al sistema educativo: adquiriendo el conocimiento y luego demostrándolo en exámenes y pruebas varias. Pero no es algo exclusivo del sistema educativo. Se ve también en el mundo empresarial: en la compañía para la que trabajo, por ejemplo, la forma de promocionar consiste en defender ante un comité de "expertos" que manejas una buena retahíla de conocimientos teóricos en un área determinada. Y muchas entrevistas de trabajo acaban convirtiéndose en un enumerar tecnologías, saber situarlas en un cierto espectro de negocio -y que coincidan con la check list del entrevistador-. Incluso, en algunas empresas, se hacen exámenes -o pruebas técnicas- para seleccionar al mejor candidato, en base a ese saber teórico.
No es de extrañar que el sistema educativo y empresarial se parezcan tanto: el uno alimenta al otro de mano de obra y las compañías marcan la hoja de ruta de los centros de formación -en base a las necesidades de los mercados-. Y, sí, es necesaria una cierta base teórica, una serie de preconcepciones, generalidades, formas de hacer, vocabulario y conceptos comunes que nos orienten en el día a día de nuestro sector concreto -y en el continuo movimiento de las nuevas versiones, productos y tendencias que van apareciendo en el mundo IT-. Pero seamos realistas: en la era del internet y las IA, el saber enciclopédico ha perdido fuerza frente a otras habilidades como buscar, filtrar y contrastar información, modelar o aprender haciendo... Ya no es tan fácil salir airosos de tirarse el pegote -porque con el móvil cualquiera puede acceder a internet y contrastar la información-.

De hecho, aunque manejemos un buen abanico de conocimientos, en nuestro quehacer diario debemos lidiar con muchas incertidumbres y tecnologías que no conocemos, o conocemos de forma vaga, o hace años que no utilizamos. Es imposible conocerlo todo: en los proyectos trabaja mucha gente, cada proyecto tiene sus propias dependencias, funcionalidades, módulos y una forma diferente de combinarlos para resolver necesidades concretas. Así que, cuando estamos implementando mejoras, cambios o nuevas características, nos puede pasar que "-Esta mierda no funciona y no tengo ni idea de por qué". Nos cabreamos y empezamos a buscar culpables para averiguar quién ha montado eso de forma tan enrevesada, nos bloqueamos, no sabemos por donde avanzar... Descubrimos que los flamantes contenidos teóricos que expusimos de forma brillante en la entrevista no sirven de mucho para manejarnos en la nebulosa de incertidumbre en la que hemos aterrizado. Aquí es cuando la fenomenología puede venir en nuestra ayuda: -¡Vayamos al problema mismo! Vayamos afianzando certidumbres, pongamos en suspenso aquello que dábamos por supuesto -pero de lo que no tenemos evidencia-. Con suerte, lograremos llegar a un punto en que descubramos que estábamos equivocados y que el error estaba en nosotros, que habíamos implementado algo con una concepción errónea de cómo funcionaba tal o cual herramienta -de la equivocación y el error es fácil salir; es mucho más complejo salir de los estados de confusión-.

Al final, la fenomenología va de eso: de aportar certeza, fundamentar las ideas en la realidad y determinar si es posible acceder a esta última desde nuestra subjetividad. El conocimiento siempre es "conocimiento de", siempre va dirigido a algo -acerca de lo que queremos saber-. Queremos saber de nuestro proyecto para identificar el problema, resolverlo y seguir adelante con lo que estábamos haciendo. Y, obviamente, no lo conocemos todo, sólo la superficie a la vista desde donde nos estamos aproximando... Todo apunta a que tendremos que enfocar desde puntos diversos y profundizar en ciertos aspectos que antes para nosotros eran perfectamente abstraíbles -caja negra-. Cuando finalicemos este proceso tendremos una idea más precisa de lo que el proyecto y las tecnologías que utiliza son. También la fenomenología nos señala eso: cómo las ideas que manejamos de las cosas están en continua construcción y adaptación, cómo se van determinando a partir de las diferentes miradas y formas de aproximarnos a ellas.

Por suerte, hoy día, tenemos un montón de herramientas que nos ayudan a llegar al proyecto mismo: control de versiones, visualización y filtrado de logs, monitorización de métricas, documentación, código fuente, comentarios, release notes, distintos entornos -de prueba, carga...- que nos hacen la vida más sencilla y nos permiten conocer los proyectos, su comportamiento y evolución ¿Quién ha cambiado qué? ¿Por qué lo ha hecho? Pero, claro, hay que tirarse al barro, remangarse, ponerse a probar, observar, recabar información... En fin, adoptar una actitud fenomenológica.

Mucho ir a la cosa misma, enfangarse y todo eso... pero hasta ahora lo único que hemos hecho ha sido idealizar nuestro proyecto: tratando de formarnos una idea más precisa de cómo funciona y, en fin, de lo que el proyecto es. Empezamos siendo críticos con el conocimiento teórico y acabamos volviendo a él. Pero en el camino ha ocurrido que nuestro conocimiento ha cambiado: es más profundo y detallado. Y podríamos perdernos en esa espiral virtuosa de conocimiento, pero el tiempo apremia y, realmente, no miramos el proyecto porque queramos adquirir conocimiento y tener una idea clara del mismo -un poco también es eso, pero no es lo más importante-, lo miramos desde nuestra circunstancia como desarrolladores, con una cierta intencionalidad: resolver el problema que nos bloquea el avance en nuestras tareas.

Heidegger fue alumno de Husserl pero consideró que su maestro había tomado un cierto rumbo idealista, que se había preocupado demasiado por el conocimiento, las ideas de las cosas y la relación entre ambas. Consideraba que había abandonado su propósito inicial: "ir a las cosas mismas". Heidegger dio un giro a la trayectoria de su maestro y se centró en el ser y en la existencia del individuo arrojado al mundo de la vida, llamó a esto "Dasain": ser ahí, estar en el mundo. Y eso es lo que nos ocurre a nosotros ante un problema: que estamos ahí, con nuestras circunstancias y, seguramente, no tenemos tiempo, permisos, ni recursos suficientes para llegar a tener una idea completa y fidedigna del proyecto y el entorno. Tenemos que partir de nuestra aproximación parcial, desde nuestro lugar en el mundo, compañía, equipo de trabajo...

En esta línea, Heidegger distinguió dos tipos de ser: un "ser a la mano" en el que no nos preocupamos mucho por cómo es la cosa en sí -por ejemplo, cuando tenemos nuestro ordenador y nuestro IDE funcionando como un reloj suizo, no nos importa cómo está ensamblado, simplemente los utilizamos-. Pero, cuando algo se rompe, o nos da problemas, entonces empezamos a preocuparnos por su ser: cómo funciona, de qué está hecho... Esta nueva preocupación por el ser es lo que Heiddeger llamó el "ser a la vista".

Ocurrió en nuestro equipo que, mientras hacíamos una actualización de dependencias de un proyecto, empezó a fallar el despliegue. Y era algo que no tenía mucho sentido, porque pasaba todos los tests, se ejecutaba en local... Pero, cuando intentábamos levantarlo en el entorno de desarrollo, se quedaba tostado. Nos tuvo bloqueados varias semanas. Era un proyecto del que sabíamos muy poco, y no había expertos a los que poder recurrir: varios equipos habían trabajado en él, pero todos tenían su conocimiento parcial. Finalmente, resultó que el cliente de mensajería de colas -Kafka-, había introducido algún cambio y hacía fallar un proceso interno que verificaba si se había llegado a leer todos los mensajes de la cola antes de dar la aplicación como healthy. 

Así que, el problema, hizo que dejáramos de lado una serie de acciones que ya teníamos bastante sistematizadas para actualizar aplicaciones y nos puso el proyecto a la vista. Y, una vez visto, sentimos la necesidad de comprenderlo. Aunque no lo comprendimos del todo y no desentrañamos su ser. Porque somos personas pragmáticas, técnicas, ingeniosos ingenieros que cumplimos con los dead lines... así que asumimos nuestra circunstancia y conseguimos llegar, no a la mejor solución posible, sino a una solución de compromiso. 

Al final, estos proyectos de software son construcciones humanas y, muchas veces, nos sentimos tentados de tirarlas a la basura y rehacerlas de nuevo. Porque, además, construir cosas nuevas es mucho más gratificante que no enredarse en estos problemas y estar durante semanas sin ver avances. Pero, a menudo, ocurre que la nueva implementación resuelve viejos problemas y genera otros. Cuesta mucho dejar algo funcionando fino, fino. Por eso a las IA y algoritmos hay que entrenarlos y los mejores profesionales son los que han aprendido haciendo. Seguramente andamos escasos de actitud fenomenológica: de ese ir a las cosas mismas. Y, en el caso de las construcciones humanas no dedicamos tiempo suficiente a comprenderlas, reapropiárnoslas o mejorarlas... Las descartamos rápidamente con el ávido deseo de implementar nuestras propias atractivas y dinámicas soluciones que resulten más rápidas, precisas y eficientes para nuestros fines. Al menos es así en el mundo de la tecnología y, porqué no decirlo, también en el de la ciencia. Pareciera que son áreas estas de conocimiento que se sostienen sobre la pura actualidad, como si no tuvieran historia -o como si esta fuera absolutamente prescindible-. Se sostienen sobre la idea de un positivismo sin fisuras: sólo es verdad lo último y los antiguos estaban equivocados porque carecían de nuestros conocimientos y herramientas. 

Husserl y otros fenomenólogos fueron muy críticos con la racionalidad técnico-científica y su positivismo. Consideraban que habían evolucionado al servicio del sometimiento y la explotación -de la naturaleza y también de otros humanos-. Que en su loca carrera utilitarista, esta racionalidad, se ha olvidado de las circunstancias sociales que la hicieron posible y ha acabado reduciendo la realidad a su propia dimensión. Por ejemplo, si preguntamos ¿Qué es un altavoz? Nos vamos rápidamente a sus características técnicas o los conceptos científicos en que se basa su construcción. No decimos que es de donde sale la música, la voz de nuestros seres queridos, o lo molesto que resulta cuando está cascado... Y para cualquier cosa que intentemos definir siempre damos prioridad a su dimensión científica o técnica, aunque para nosotros sean las menos relevantes de todas.

Heidegger fue aún más duro en sus críticas con la racionalidad científico-técnica, considerando que la cultura occidental se había preocupado únicamente por las cosas y se había olvidado del ser. Sólo vemos cosas. Cómo estas nos pueden resultar útiles para someter y transformar. Hemos perdido la capacidad de maravillarnos al observar la realidad.

Quizá todas esas críticas se traslucen en la forma de afrontar los problemas que nos encontramos a la hora de desarrollar sobre productos ya hechos. Lejos de adoptar una actitud fenomenológica, o maravillarnos con las implementaciones de otros, abordamos los problemas con un cierto positivismo naif por el que creemos ser mejores solo por el hecho de estar por delante en la línea del tiempo.
Y, bueno, caminamos a hombros de gigantes -apoyándonos en lo que otros construyeron-. La fenomenología no cuestiona ese hecho, sólo nos dice que lo pongamos entre paréntesis, en suspenso; que revisemos y verifiquemos con la cosa misma -con nuestra experiencia de la cosa-. Es esa actitud, de conocimiento y maravillarse de lo ya existente, la que puede ayudarnos a solventar nuestros problemas tecnológicos y acercarnos a los que estuvieron ahí antes que nosotros. Comprendiéndolos, en lugar de desautorizarlos porque "Yo esto no lo entiendo, así que no debe tener sentido".


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No parece la fenomenología una corriente revolucionaria que pretenda dar la vuelta a la tortilla. Todo lo contrario, perece continuista de lo que hay, un profundizar en el Ser. Tampoco es revolucionario el mundo del desarrollo de aplicaciones -aunque en la época álgida del software libre fantaseáramos con su poder transformador-.
Estos filósofos vivieron tiempos convulsos en la Europa de entre guerras. A Heidegger, su existencialimo no le salvó de afiliarse al partido nazi. También los programadores nos embarcamos en empresas inmorales -aplicaciones adictivas, de control...- . Pero, otros autores, como Lévinas, confirieron una dimensión ética a la fenomenología. Resaltando su carácter intersubjetivo, la construcción social de las ideas y el reconocimiento del otro como otro yo. Y es, quizá, ese vernos reflejados en los otros, reconocer su trabajo y subjetividad, lo que nos permita salir de esta deriva tan antihumana -de guerras, consumo y desigualdad- en la que andamos embarcados.


martes, 23 de enero de 2024

Los telecos y el intrusismo laboral

El otro día estaba tomando algo con los compis de trabajo y soltaron la frase: -Es que los telecos son así... Y ese así quería decir un montón de cosas: que tienen aspiraciones muy altas, que se creen por encima de otros ingenieros -informáticos, industriales...-, que merecen cobrar más, o dedicarse sólo a tareas de gestión, a dar charlas... Y, claro, tuve que decirlo: -Oye, chicos, que yo "soy" teleco.

El caso es que sigo a vueltas con la fenomenología -ahora con Heidegger-. Heidegger se pregunta mucho por el ser. Y decir que "soy" teleco, así, sin más, me rechinó bastante y sentí la imperiosa necesidad de reflexionar sobre mi ser y desvelar si realmente yo era eso que llevaba tanto tiempo atribuyéndome. Es cierto: saqué la carrera con mucho esfuerzo, sudor, lágrimas -y alguna alegría-, por ahí tengo un papel que lo acredita. Supongo que, desde una mirada institucional y burocrática, soy eso: ese papel, un ente del tipo teleco.

Y, por haber superado la formidable hazaña de conseguir el título, pertenezco a esa clase de engreídos cuya aspiración debería ser trabajar en la NASA o similar. Pero una cosa son las categorías y conceptos con los que ordenamos nuestro estrecho mundo y otra el Ser, o la verdad de ese título: ¿Nos revela alguna realidad lo que hay apuntado en ese papel?

La cosa es que lo de ser teleco lo asocio a algo bastante pragmático -el mero ser poseedor de un título es algo muy burocrático, muy teórico, muy del mundo de lo inmaterial, de las ideas... un papel que certifica que tienes los conocimientos sobre algo-. Realmente no es así, realmente implica una práctica y una ejercitación que ha sido reconocida y validada por comités de expertos -los profes, los auténticos telecos-. Pero podría tener el título que me curré hace 1000 años y estar cuidando un rebaño de 1000 ovejas, o especulando con la vivienda en mi propia inmobiliaria, o escribiendo artículos sobre tecnología en un periódico... Incluso podría tener por ahí otro título, de yo qué sé: Filosofía! Entonces sería teleco? El burro es de donde nace o de donde pace?

Imaginamos que ser cualquier cosa debe implicar un ejercer y practicar. Así, el teleco tendría no sólo que haber sido sino "estar" ahí, en lo suyo, en el mundo de las telecomunicaciones: diseñando, implementando, comprando, arreglando... En lo que quiera que sea "el mundo de las telecomunicaciones". Que, si lo asociamos con los contenidos teóricos que se imparten en la carrera, viene a ser un área de conocimiento bien amplia. Abarcando gran parte de la matemática, lógica, estadística, física y cualquier área tecnológica con base electrónica, todo ello aderezado con la gestión de proyectos, personas, finanzas y cualquier adventicia demanda de los mercados y/o empresas tecnológicas. Vamos, que el mundo de las telecomunicaciones es tan vasto, que cualquier empleo tecnológico o de formación dentro de la empresa privada o pública nos valdría. Abarca un área tan grande que se disuelve en la nada. Y es lo que de facto ocurre con los telecos: que no tienen un área definida de trabajo y se mueven continuamente en el intrusismo. Yo, sin ir más lejos, siempre me he ganado la vida en el área de la informática. Y supongo que eso es también lo que motiva la frase de "es que los telecos sois así...". Esa idea de que estamos devaluando las profesiones en las que nos insertamos. Pareciera que cualquiera, sin una formación específica, puede ejercerlas. Somos como los inmigrantes: venimos a quedarnos con los trabajos de los que son de aquí y deberíamos largarnos a "lo nuestro".

Así que, igual sí que "soy" teleco: tengo mi título y desenvuelvo mi trabajo en un área que no se ciñe a los contenidos teóricos o prácticos de la carrera. Pasó con muchas otras titulaciones: los licenciados acabamos por ahí currando de cualquier cosa, algunos porque les atraían más otras áreas y otros porque no quedó más remedio -nos movemos en esa clase social en necesitamos ingresos para sostener la vida-. En mi caso, cuando empecé la carrera no es que tuviera una vocación brutal por las telecomunicaciones. Sí, siempre me gustó la tecnología, pero empecé sólo porque era bueno estudiando, me daba la nota y tenía salidas laborales. Y cuando me puse puse a trabajar en el sector de la informática fue porque mis inquietudes me habían acercado ahí, pero sobre todo porque la mayoría de ofertas de trabajo se movían en ese ámbito.

Un compañero de universidad comentó que: -Si hubiera invertido todo ese tiempo en estudiar economía y finanzas, seguramente tendría ahora mucho más dinero. Pero lo cierto es que, cuando nos esforzábamos hasta la casi extenuación en aprobar los exámenes de antenas, microondas, fotónica o electrónica, ya se veía venir la tragedia... -Oye, que lo mismo no vienen las empresas a rifársenos por nuestros maravillosos y bizarros conocimientos. -Que aquí hay mucha peña y tampoco hay tanto trabajo. 
Ya en los últimos años se hablaba de que -Bueno, lo importante no son tanto los conocimientos adquiridos como las actitudes y aptitudes. -Vuestra formación como ingenieros os permitirá adaptaros a las volátiles demandas de los mercados de trabajo. Vamos, que podíamos utilizar nuestro juego de cintura y nuestro lomo curtido a palos para ir medrando hasta las posiciones más altas... Vamos, que nos habían entrenado para ser intrusos, oportunistas. Y creo que fue un poco decepcionante para todos -seguramente para todos los universitarios de esa generación-, porque la imagen que manejábamos de un ingeniero o licenciado era la de alguien muy importante al que todo el mundo le allanaba el terreno para que realizara sus precisas y sofisticadas intervenciones en las grandes estructuras de los estados o las compañías internacionales. Una imagen del hombre ingeniero de la revolución industrial: adinerado, de familia bien, que había trabajado duro -y lo seguía haciendo- para estar en su posición actual. Una imagen que también se cultivaba desde los ámbitos académicos de la universidad -los profes se daban mucha importancia-. Una fantasía que se desmoronó con la burbuja de las ".com" y que nos tocó asimilar al insertarnos en el mercado laboral durante los primeros 2000. Y, realmente, el trabajo duro nunca nos faltó, ni la competencia feroz, ni la continua formación, las largas jornadas, el móvil y ordenador. Hordas de titulados para construir un mundo peor al servicio del capital y el control estatal.


De todas formas, si me preguntan qué soy -en lo laboral que es la única dimensión en la que a alguien se le pregunta por el ser-, yo nunca respondo que soy teleco. Siempre digo que soy programador informático o algo similar. Pero lo cierto es que programo poco... y ando por ahí tratando de descifrar lo que otros han hecho, para copiar, modificar o intervenir en el lugar adecuado, configurando servidores, haciendo pruebas, planificando, desmarañando información... Cada día me cuesta más decir qué soy. Y me gusta esa idea Heideggeriana del Dasein -el ser ahí, el estar- y la idea Bergsoniana del tiempo como bola de nieve... Soy eso que está ahí, que ha sido traído a un mundo fuertemente codificado, adaptándose a las circunstancias y acumulando experiencias. Porque, eso sí: en mi formación para la vida y como teleco, siempre fui educado en el trabajo constante. Supongo que encontré cierto placer en extraer conocimiento de la experiencia... en transformar ese trabajo duro en un trabajar también para mí, para los míos, para mi mundo imaginado. Y en ese mundo fantaseado se necesita saber de antenas, microondas, fenomenología, motosierras, ovejas, blogs, fotografía, cocina y un montón de mierdas que nada tienen que ver con la rentabilidad. Y creo que eso sí que es parte importante de mi ser -quizá también de todos los que consiguieron su título de teleco-: ese continuo movimiento y abrir líneas de fuga más allá de la estrecha racionalidad técnica y laboral, más allá de las dinámicas económicas, empresariales, la superación personal, o la rentabilización del tiempo.

Quizá esa sobreformación que recibimos para incorporarnos a un mercado laboral que ya demandaba otras cosas nos hizo tomar consciencia prematuramente de lo que ya se venía advirtiendo en teorías marxistas: que el trabajo no lo es todo, que tenemos ciertas curiosidades que necesitan ser satisfechas y que muchas de esas satisfacciones requieren trabajo, un trabajo diferente al alienado -al de por cuenta ajena-. Que nuestro ser va mucho más lejos de lo que pone en el CV.

Lejos de ser una simple actividad económica, el trabajo es la "actividad existencial" del hombre, su "actividad libre, consciente" -de ninguna manera sólo un medio para mantener su vida (Lebensmittel), sino para desarrollar su "naturaleza universal". - H. Marcuse. Marx y el trabajo alienado. Buenos Aires, Carlos Pérez editor, 1969, p.10.

viernes, 8 de diciembre de 2023

Los profesionales y la gala del deporte

El ayuntamiento del pueblo organizó un evento para entregar premios a deportistas locales. Lo llamaron "La gala del deporte". Y era una entrega de premios como las que se ven por la tele: con presentadores, actuaciones, discursos de agradecimiento, aplausos, público... Un lugar donde los profesionales de este tipo de eventos van dando paso a la gente de otro ámbito: políticos, deportistas, artistas...

En este caso había una profesional de las galas: la presentadora. Era una presentadora como las de la tele, con una gestualidad y forma de hablar muy cuidadas, muy dinámicas, con un impecable control de los silencios (o la falta de los mismos). Todo lo que decía era perfectamente esperable, sin notas discordantes, perfectamente insertado en el flujo del acto. Realmente llamaba mucho la atención. Porque para este tipo de eventos estamos acostumbrados a que todas las personas sean del pueblo -no profesionales-. Y, claro, cuando hablaban los deportistas, el alcalde, o cualquier local, el contraste era brutal: -Oh..! Qué monos! Mira cómo hablan en público...

Yo no suelo ver este tipo de galas, tampoco en la tele. Pero conozco el formato. Supongo que se ha ido fraguando durante décadas en diferentes canales y países. Existen unos códigos, unos tiempos, unas formas de hacer, unos objetivos y unas pautas para conseguirlo -conocidos por todo la comunidad que se interesa por ese ámbito específico-. Entiendo que eso es lo que permite que haya profesionales... Que sea algo acotado, definido que se pueda llegar a cualquier pueblo, a cualquier tipo de evento, ensayar el guión y hacer el trabajo. 

Supongo que todos los trabajadores somos profesionales, todos tenemos nuestra profesión: conocemos los códigos, los lenguajes, las herramientas, los procedimientos... Podemos insertarnos en cualquier compañía y seguir moviendo la maquinaria. 

Como un futbolista se puede mover de un club a otro y seguir ganando partidos. Porque el equipo no existe, existe la marca sostenida por los accionistas-. El equipo es sólo un eufemismo, una forma de referirse al medio, a la maquinaria, para competir y ganar.

Quizá, de los equipos locales esperamos o imaginamos otra cosa. Una cosa más amateur, orientada a disfrutar, a formar comunidad, a crear identidad, consolidar nuestro propio lenguaje, valores y relaciones. Pienso que en este tipo de galas organizadas por las instituciones locales también esperamos algo similar: una oportunidad para que los más lanzados y desvergonzados cojan el micro, para que los que quieren superar sus miedos se suban al escenario o, para constatar quién ha sido obligado por otro. Conceder la oportunidad de contar chascarrillos, invocar referentes del pueblo, improvisar, crear liderazgos, meter la pata, dar que hablar... Creo que esa discordancia entre lo local esperado y la presentadora profesional era lo que resultaba tan discordante, también porque uno asiste a ese tipo de eventos por una suerte de compromiso y quiere ver la cara de quienes le han comprometido.

Presentadora creada con Intelegencia Artificial

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En la gala bailaron también las niñas y niños de la escuela de danza. Bailaban bailes "modernos", con músicas actuales. Canciones que conocemos todos porque suenan continuamente en los medios. Y también resultaba un tanto chocante: ese ver a las niñas bailando canciones con contenido más o menos explícito, con esas poses y movimientos tan sexualizados que se llevan hoy día... Algo que uno ya no sabe muy bien si es empoderamiento femenino, una expansión de la pornografía, o una mezcla de las dos anteriores. El caso es que las niñas bailaban ahí, delante de todo el mundo, dando riendo suelta a su expresividad física y se las veías muy cómodas. Quizá porque estaban en grupo, con sus amigas, compañeras, vecinos... Y lo hacían muy bien, especialmente las mayores -porque los movimientos del grupo estaban más coordinados-. Aquí no había nada que ganar, no era una competición, era solo un exhibirse, un expresarse ante los demás... Y pensé: -Jo! Ojalá se premiara más este tipo actividades -que son también físicas- que no tienen tanto que ver con el competir o superarse unas a otros -o a uno mismo-. Que tienen más que ver con el expresarse y el crear vínculo.


domingo, 8 de octubre de 2023

De parques, canchas, masculinidades y mujeres con carrera

El viernes fuimos al nuevo parque junto al cementerio del pueblo: tiene una zona infantil y una cancha de fútbol para los adolescentes, todo muy colorido y con acabados redondeados. Eran las siete de la tarde de un otoño caluroso -pero el sol ya estaba muy bajo-. Había un montón de niñxs y también algunos padres y madres se acercaban en coche o paseando. Nos encontrábamos prácticamente en el cementerio... pero el lugar estaba lleno de vida!
Producía una extraña sensación de alegría y bienestar observar ese bullicio de niñxs: -Estamos salvados, es posible jugar y divertirse, existe relevo generacional, no acaba todo en el campo de muertos... Hasta el lugar se antojaba con encanto: un descampado rodeado de solares, tendidos eléctricos, lápidas, calles a medio construir y los raquíticos árboles que habían plantado con la restauración del firme de la carretera.
Las niñas se deslizaban suavemente en sus bicicletas y patinetes por el reluciente asfalto. Un caballo pastaba en la zona de cañas donde parecía rezumar agua. Detrás del polígono se atisbaban las ancianas encinas de la Dehesa. El cielo surcado por trazos de nubes, y el caer del sol, nos transformaron en admiradores de un mágico atardecer... El pueblo es, en ocasiones, un lugar que merece la pena ser vivido.

La cancha multideportiva estaba ocupada por los niños más grandes, exhibiendo sus habilidades futbolísticas. Los más pequeños andaban haciendo llamadas telefónicas con sus relojes, tratando de formar un equipo. Dos niñas miraban desde la valla -de cuando en cuando, entraban a jugar y los niños parecían más amables, menos rudos-.

Es un clásico de la arquitectura pensada con perspectiva de género lo de que las pistas multideporte terminan siendo monopolizadas por niños. Es un clásico de nuestra infancia que los niños más grandes y violentos desplazan a los más pequeños de los espacios públicos más golosos. Parece que es muy importante que haya lugares para que esos niños más grandes puedan jugar al futbol y desarrollar todo su potencial. Como en otras provincias es imprescindible un frontón, un campo de golf, una pista de pádel o un circuito de alta velocidad.
Creo que patinar, por ejemplo, es una cosa que suele gustar más a las niñas, también los parques con arena, toboganes columpios, tirolinas, pirámides... Parece que, en nuestras sociedades, las cosas que suelen gustar a las niñas no son tan importantes... son poco menos que chorradas, a las que se dedican presupuestos exiguos.
Porque un futbolista puede llegar a ser famoso y ganar mucho dinero. Y eso es lo que importa: tener el reconocimiento de otros hombres en actividades que comprendemos bien.

A mí no me gusta mucho el fútbol, me gusta jugar por diversión, nunca me lo he tomado como una competición. Pero el mundo de los adultos es una continua competición.

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Me encontraba en una boda, hablando con el señor X -que había estudiado en mi misma universidad-. Era jefe de no sé qué movida en una empresa de paquetería... Yo ya no programo -decía-. Se le veía muy eficiente, muy centrado en su papel de ingeniero... Pareciera que la empresa fuera suya. -Tengo mucha flexibilidad, tenemos oficinas pero no voy nunca, no hago guardias, gano mucha pasta, en verano nos venimos al pueblo con los niños toda la temporada y teletrabajamos desde aquí... Al poco rato empecé a hablar con Y, mujer de X: -Yo no trabajo tanto, me reduje la jornada, no como X que está 24/7 pendiente del móvil y el portátil. Yo creo que hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar... 

Supongo que, ese entrenamiento en la competición del fútbol, nos prepara para encajar en el perfil del señor X: un perfil ultra productivo. Mientras las mujeres pueden escaparse un poco. Por eso últimamente estoy tan entusiasmado con el feminismo: parece la única crítica efectiva a nuestra sociedad, la única línea de fuga capaz de pensar otros mundos posibles, más allá de un capitalismo obsesionado con la libre competencia y los beneficios siempre crecientes... un mundo más humano que no se construya desde la desigualdad de los roles asociados al género, donde los niños más grandes no ocupen toda la pista repartiendo balonazos a quienes miran distraídxs.

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"Las mujeres tienen más probabilidad que los hombres de desarrollar un tipo de trabajo socialmente necesario pero mal retribuido o sin retribución alguna, y tienen más probabilidades de necesitar los servicios públicos y las prestaciones sociales. En este mundo teóricamente libre y más igualitario, la mayoría de las mujeres acaban trabajando más por menos dinero y sintiéndose presionadas para amoldarse a unas normas de género.

El neoliberalismo ensalza a la «mujer con carrera» al tiempo que tacha de inútiles y dependientes, putas y ladronas a las mujeres pobres, mujeres de color,  trabajadoras sexuales y madres que crían solas. Por eso la «mujer con carrera» es una heroína neoliberal: ella tiene éxito según las condiciones impuestas por el mercado sin subvertir ninguna jerarquía" - Laurie Penny - De esto no se habla: sexo, mentiras y revolución


domingo, 17 de septiembre de 2023

Metodologías ágiles hacia el fin del mundo

Ayer estuvimos viendo ¡Canta! 2 toda la familia... En los últimos años sólo veo cine infantil y principalmente de animación -lo que le gusta a las niñas-. La verdad que la peli está muy bien: es un grupo de trabajo en una sociedad capitalista -con un objetivo claro: sacar adelante un musical-. Se parece bastante a lo que me he ido encontrando en mi vida laboral. En un plazo de un "sprint", el equipo liderado por el Koala, tiene que montar un musical y cada uno de los miembros debe ir completando sus tareas... 

En los últimos años los tiempos se han reducido mucho. Los proyectos se planifican a corto plazo -no más de un mes-, divididos en tareas cortas -uno o dos días-, en grupos de trabajo reducidos -en torno a 5 o 6 personas-. Es más eficiente así, más fácil de controlar y adaptarse a las circunstancias cambiantes que imponen la volatilidad de los mercados. Metodologías ágiles, las llaman.

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Hace dos semanas me caí estúpidamente y me partí el maléolo del peroné -un hueso en el tobillo-. Me inmovilizaron el pie derecho y sólo puedo andar con muletas. La cual circunstancia me resulta muy limitante porque no puedo transportar cosas de un sitio a otro y, en general, no puedo realizar ninguna de las tareas del campo que tanto me entretienen. Así que he tenido que bajar el ritmo: porque, aunque hay ciertas cosas que puedo seguir llevando acabo -ducharme, preparar la cena, lavar los platos...-, me suponen más tiempo y esfuerzo -hay otras muchas que, directamente, no puedo hacer-. Al estar liberado de esas tareas, he encontrado tiempo para otras que también me gustan y que había dejado apartadas: enredar con mi ordenador personal -lo tenía hecho unos zorros, con discos llenos, particiones sin usar, configuraciones y programas obsoletos...-, leer, buscar y bajar pelis... Supongo que, cuando estamos sanos y todo nos va bien, no valoramos tanto el tener todas las capacidades. Sabemos que llegará el día en que los sistemas empiecen a fallarnos y el mundo de la vida se nos vaya estrechando... hasta desaparecer. Me gustaría afirmar, como conclusión positivista, esa máxima que occidente parece repetir como un mantra: disfruta el "momento"! -El "momento de juventud y lozanía"-. Pero yo he disfrutado también de mi lesión: tengo un montón de aficiones que me permiten disfrutar en una variedad grande de circunstancias. Y es que mi concepto de disfrutar, es un concepto amplio: no es sólo drogas, sexo, viajes, amigxs, alcohol o dinero. Supongo que va con mi carácter de plegarme a las circunstancias en lugar de emplear ingentes esfuerzos en transformarlas -y es que, mis circunstancias no están tan mal-.

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El positivismo mágico nos dice que debemos trabajar duro para conseguir cambiar nuestras sociedades y lograr un mundo mejor. Pero, claro, las cosas cambian muy despacio -comparadas con los tiempos de vida de las personas-. Y nuestras sociedades permanecen en estática aceleración: queremos resultados en plazos de 3 semanas. 

El capitalismo mediático se empeña en mostrarnos casos de éxito: cantantes ultra jóvenes y mega famosas, los grandes genios de Silicon Valley -millonarios antes de salir de la universidad-, deportistas de altas capacidades conduciendo lambos a los veinte... Pero claro, tienen éxito porque van a favor de la corriente, no hay cambio de rumbo, ni mundo mejor, sólo llegar más lejos en la misma dirección.

En la mayoría de las ocasiones, el positivismo mágico, no es tan ambicioso y nos dice que, si nos esforzamos y creemos en nosotros mismos, nuestras circunstancias mejorarán. Como parte de esa justificación de la desigualdad social. Justificación que vendría a decir: nuestra posición es fruto de nuestro esfuerzo y no de nuestro lugar de nacimiento.

Al final, uno tiene la impresión de que todo el sistema capitalista se sustenta sobre el positivismo mágico que avala la desigualdad y la fantasía de un mundo cada vez mejor -que nadie se esfuerza en realizar, porque todo el éxito se encuentra en seguir caminando siempre hacia adelante, cada vez más lejos...-.

Se encuentran dos ciudadanos rusos. Uno le dice al otro: 
-¿Sabes que todo lo que nos contaba el PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) era mentira?. 
Y el amigo, melancólico, le contesta: 
-Lo peor no es eso. Lo peor es que lo que nos decía del capitalismo es verdad”.

Cita extraída de La Linterna de Diógenes

martes, 1 de agosto de 2023

Parresía e impostura

La parresía era, en la antigua Grecia, un cierto derecho o libertad para hablar: con la verdad por delante, aunque incomode. Con cierta intención de mejorar al otro y, también, por qué no, a uno mismo. Una práctica en el hablar muy diferente a la del adulador.

Me atrevería a decir que, esa parresía, se practica poco en nuestras sociedades occidentales actuales. Obviamente no se hace en lo político -donde sería muy necesaria- porque únicamente se repiten ciertas consignas o mantras que uno ya no identifica de dónde o cuándo surgieron -o si siguen siendo válidas o útiles-. Una falta absoluta de diálogo, donde cada uno habla de su libro sin escuchar al otro y sin ninguna intención de convencer más que a una audiencia abstracta, amorfa, externa y ajena al discurso.

En lo social cotidiano, creo que también se practica muy poco. En cuanto nos vamos a nuestra dimensión pública, las palabra se acota mucho para, en el mejor de los casos, quedar en el terreno de lo políticamente correcto. Por ejemplo, en redes sociales -la gran esperanza tecnológica que iba a darnos voz a todos por igual y que, finalmente, acabó transformándose en patio de vecinos y corrillo de bar-, nos cortamos mucho de expresar opiniones: no queremos exponernos a que nos puedan replicar, a tener que argumentar, a que siembren la duda en nuestras creencias... y nos callamos. También es verdad que, muchas veces, ocurre que, quien nos replica en público, no tiene intención de entablar un diálogo, sólo exponer su mantra, ejercitar su activismo... y ahí tampoco hace falta entrar.

En mi nuevo trabajo también me he encontrado gente que habla mucho. Creo que debe ser algo común en el ámbito de la consultoría tecnológica. Es un hablar para lucirse, para aparentar que se sabe. Un aparentar un conocimiento profundo de lo que, en realidad, se tienen unas nociones sesgadas, generales y muchas veces confusas. Es un hablar muy jugón "la ignorancia es atrevida" y, al final, es ese atrevimiento el que te permite descubrir al impostor. Pero durante un tiempo te la pueden colar y tomar como veraz estos discursos donde se dan por ciertos datos, comportamientos e informaciones de los que no se está seguro. Yo siempre los escucho, pero luego me cuido mucho de contrastar las informaciones. Desde luego, esto no tiene nada que ver con la parresía... quizá sí con lo que llaman "mentoring"... Un mentoring donde uno se alza en la voz suprema de la experiencia, independientemente de la experiencia propia y de los otros y con un objetivo individual muy claro.

Debe ser ciertamente difícil practicar la parresía, porque parte de cierta relación de equidad, de reconocerse el uno al otro... Y vivimos sociedades muy desiguales, aunque las personas seamos muy similares en cuanto al nivel de conocimientos, capacidades... Nos vemos siempre impelidos a justificar la desigualdad, a demostrar que merecemos más, que no fue la suerte o un aprovechar la oportunidad. Un continuo defender una impostura que nunca es receptiva a la verdad.

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Eran las fiestas de una ciudad de provincias. Estábamos en un barrio bien: céntrico, con muchas zonas verdes... Habían organizado una fiesta para niños con un DJ que animaba la fiesta con comentarios en Euskera. Era gordito y sudaba, a pesar de que la tarde estaba fresca. Pero se movía muy bien. La plazoleta/parque estaba lleno de familias bien: con ropas de marca, limpios, sonrientes... Me pareció curioso que solo hubiera pijos -porque en la ciudad había gente de todo tipo y una alta tasa de inmigración- siendo una fiesta gratuita abierta a todos los públicos. Era su sonrisa y su expresión corporal, como de serie americana, lo que los delataba. Abuelas, padres, madres, niños... todos interaccionaban entre sí, parecía que estuvieran hablando de compra de propiedades, vacaciones en cruceros, los mejores colegios del barrio, chismes de la vecina... Todo bien... y esas sonrisas que llevan tanto esfuerzo para aparentar transparencia y felicidad en un ambiente tan tenso, tan agresivo, tan del defender la propiedad.

jueves, 6 de abril de 2023

El jeta

Tengo un amigo que es un jeta. Siempre llega tarde, no hace nunca nada por nadie y trata de sacar la mejor tajada en toda ocasión en que se hacen cosas o se pone dinero en común. Mal estudiante y peor trabajador, se las ingenia para estar en buenas posiciones, siempre a favor de la corriente, donde fluye el dinero con el mínimo esfuerzo. Tiene un ego que no le cabe en el pecho, sólo habla de sí mismo y continuamente está justificando sus comportamientos ruines ante los demás -siempre en distancias cortas, nunca en público de verdad-. Suerte que es mal orador porque, sino, podría llegar a ministro... Sí, tiene mucha jeta.

Escuchaba el programa de Carne Cruda sobre "Quién cobra las ayudas públicas" y comentaron la noticia de un alto cargo público que cobraba el bono social térmico por ser familia numerosa. Una ayuda que va destinada a familias vulnerables... El tipo, lejos de ocultarlo o amagar con devolver el dinero, trató de justificarse en público y, en una actitud muy de la España del pelotazo, argumentó que él iba a cobrar la ayuda porque era un orgulloso padre de cuatro hijos -siempre el ego por delante-. Supongo que le debemos mucho porque sus hijos van pagar nuestras pensiones.

Los jetas suelen cobrar grandes cantidades de dinero público: son un sumidero de nuestros impuestos... Y, lo peor de todo: están a la vista, dando mal ejemplo. Gente que no produce nada, recibiendo y despilfarrando. Robando ese dinero a quien realmente lo necesita - o, al menos, lo necesita más-. Para que puedan poner el lavavajillas a todas horas, la calefacción o el aire acondicionado con las ventanas abiertas... 

Algunos de estos jetas son los que van por ahí diciendo que hay que acabar con las paguitas, las pensiones, las ayudas al desempleo... Porque ellos se merecen cobrar más. Pero también los hay muy progres: defienden a ultranza el Estado o la recaudación de impuestos... Porque saben cómo sacar tajada. 

 

En el mundo laboral-empresarial creo que no me he encontrado gente así. Me he encontrado gente que escurre el bulto, que aparenta estar haciendo cosas cuando no está haciendo nada, que dicen ser expertos en algo cuando sólo tienen vagas nociones, que no responden cuando los necesitas... Pero no suele ser una situación que se prolongue en el tiempo: el  mercado laboral es muy inestable, al final esa gente acaba moviéndose a otro sitio o espabila. Al menos es así en los puestos en que yo me muevo: puestos bajos, en primera línea de la cadena de producción. Quizá los jetas se manejen por las alturas... pero el mundo de la empresa privada es muy opaco, muy turbio y muy cruel: con intrigas y luchas sangrientas por el poder -requiere otra actitud mucho más agresiva y competitiva que la de mi amigo el jeta, requiere cierto esfuerzo y habilidad en las malas artes-.

domingo, 19 de febrero de 2023

A vueltas con el trabajo y el 25 de Marzo

Escuchaba a Jorge Javier Vázquez decir que había disfrutado mucho de su trabajo. Que, durante un período de unos 15 años, había estado completamente entregado a él. Que era algo que le divertía y entretenía mucho, que le brindaba la oportunidad de vivir una vida y unas experiencias absolutamente fuera del alcance del resto de la humanidad... Y todo lo que decía parecía verdad: los periodistas y presentadores de la tele viajan, conocen gente interesante, se rodean de lujos, fiestas, representan poses que sólo están permitidas en ese ámbito... Pero decía estar ahora en una época más calmada: trabaja menos -quizá porque el formato televisivo en el que se encuentra encasillado comienza a agotarse y hay que reinventarlo, aunque sólo sea con caras nuevas-. Decía estar contento en esta nueva etapa pero, al parar, se había dado cuenta de todo lo que había dejado al margen en esa vorágine de trabajo y breves períodos de descanso/desconexión/escapada. Había dejado al margen la vida normal que, obviamente, es mucho más tranquila pero tiene ciertas gratificaciones que la hacen más sostenible en el tiempo: hacer la compra, pasar tiempo con familiares, amigos, mascotas, cuidar de los que le rodean... No terminé de escuchar la entrevista porque ya se me hacía larga pero, os dejo aquí el enlace al podcast.

Yo me encuentro en una etapa laboral en la que no me cuesta comprender a Jorge Javier, obviamente no a ese nivel de dedicación y entrega, pero sí que estoy muy motivado -a veces pienso que demasiado-. Me entretiene mucho mi trabajo, soy una persona curiosa y me gusta aprender sobre nuevas tecnologías, desmontarlas, saber cómo funcionan por dentro... Hay muy buen ambiente con mis compañeros y eso hace que el ámbito que acapara lo laboral se expanda. Con estas premisas es fácil pasar por alto cosas como lo ético de ese trabajo -Jorge Javier también eludía abordar el aspecto moral-, o descuidar cosas que también producen sus gratificaciones (aunque no nos den dinero): cuidar de los nuestros, pasar tiempo con los amigos, los trabajos domésticos, las plantas, la filosofía...

Últimamente me cuesta mucho concentrarme en la filosofía, quizá no es sólo la motivación/implicación en el trabajo, quizá también el estar en el último curso con temas más densos y específicos y, por supuesto, el encontrarme en el pico de obligaciones de la edad adulta: las niñas siguen demandando cuidados, los abuelos se van retirando/delegando y, aunque los amigos no salimos tanto, todavía nos juntamos.

Al final, la filosofía -como esto de escribir el blog- no sirve para nada. Es más una cabezonería personal... Me gusta reflexionar, aprender cosas nuevas, saber como funcionan por dentro...

Parece que la fenomenología -la corriente filosófica en la que ando inmerso- está un poco en esa fase de la pregunta: la filosofía se ha ido desgajando en las diferentes ciencias y áreas de conocimiento... Entonces ¿Sirve para algo? ¿Tiene algún sentido? La respuesta que da es que sí, sí sirve. Porque nos descubre otra forma de conocer el mundo y relacionarnos con la realidad. Una forma más intuitiva, menos utilitarista, una búsqueda de alternativas no condicionadas por todo nuestro conocimiento y experiencia acumulados.  

La filosofía se me antoja como el único contrapunto posible a esa huida hacia adelante que son nuestros trabajos actuales y la obsesiva preocupación por el dinero, que nos convierte a todos en inversores y economistas -ya sea para ajustarse a exiguos presupuestos o para administrar el excedente en la pensión futura-. Ya no es sólo que nos relacionemos con el mundo como si todo fuesen cosas, la economización nos lleva por absurdos derroteros, irreflexivos, inmorales... que nos dejan cierta sensación de vacío... Como la de ese Jorge Javier retirado a la segunda línea.

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El otro día escuchaba un programa de flamenco donde hablaban sobre el 25 de Marzo, el presentador hacía una reflexión y repaso sobre el reparto y el acceso a la tierra en Extremadura -donde ha estado tradicionalmente en manos de grandes tenedores-. Ahora, el acceso a la tierra no es la máxima preocupación de nuestras sociedades, pero hubo un tiempo en que en las zonas rurales se vivía del y en el territorio. El sistema de propiedad fomentado desde el Estado no favoreció ninguna mejora para estas sociedades, sino que contribuyó a concentrar la riqueza en muy pocas manos. En un progresivo desposeer a los habitantes de su medio de vida -para desplazarlos a los sitios donde hacía falta mano de obra: la ciudad-. Y no es solo la propiedad, sino la continua limitación de acceso a los usos del territorio: para leña, pastos, siembra, rebusco, caza... Al final, la propiedad no deja de ser un conjunto de derechos y obligaciones sobre algo, derechos que se se pueden ampliar o restringir, que pueden ser de cualquiera: caciques, administraciones públicas, pequeños propietarios... La tendencia ha sido la desposesión de derechos y capacidad de decisión de la población sobre su medio de vida conectado al territorio -ya sea por los propietarios o las regulaciones impulsadas desde los Estados y administraciones-. Todo ello ha desembocado en que hoy se vean como deseables macro proyectos de granjas, mineros, de energías renovables, casinos... que atentan contra el territorio, porque la vida en los pueblos cada vez tiene menos que ver con lo rural y, al final, lo rural, aunque más despacio, se ha incorporado de lleno a esa huida hacia adelante de los objetos, el trabajo y lo económico.

domingo, 30 de octubre de 2022

Corre, David, corre!

El otro día fui a buscar a mi hija mayor a la salida de las extraescolares, al Palacio de la Cultura. Cuando empieza el curso escolar, por las tardes, siempre está petado de niñxs. Hay un bar-cafetería y suele haber un montón de madres que hacen tiempo entre una extraescolar y otra. El "Palacio" está enclavado en una plazoleta, diáfana con unas pequeñas gradas alrededor. Así que las niñas y los niños más pequeños se adueñan del espacio mientras esperan en su tránsito entre una clase y otra. Se transforma en un lugar bullicioso. Yo pensaba recoger a mi hija y largarme a casa porque siempre tengo muchas cosas que hacer. Pero llegaron sus amigxs y me pidieron que se quedara, que en un rato debía entrar a escolanía, con Laia -su hermana pequeña-, que venía en su bici conmigo porque no había nadie en casa. Había salido sin móvil, sin dinero... Pero como era poco tiempo -unos 45 minutos- y me perecieron majetes, cedí. Y allí me quedé, sentado en un escalón, sin hacer nada, mirando como correteaban las niñas de allí para acá... Hacía mucho tiempo que no me paraba así, sin más... No estoy preparado para la improductividad. Serán las cosas de la edad, ese tomar consciencia de que el tiempo se pasa y no conseguimos encontrar el hueco para hacer todas aquellas cosas que de jóvenes pensábamos que algún día haríamos, que fuimos postponiendo hasta que llegara una época más tranquila, en la que aparecería ese tiempo, como por arte de magia, como cuando éramos niños y nos aburríamos sin saber en qué ocupar el tiempo... Se estaba poniendo el sol y, a pesar de que el entorno era bastante feo -un pastiche de edificios comerciales, culturales y viviendas sociales-, el cielo estaba precioso. Era el cielo de un otoño caluroso y nublado que iba transitando todos los colores del espectro... hasta que se encendió el alumbrado público y la oscuridad se hizo la dueña. Las niñas entraron a escolanía y yo me fui a casa cargando con la bicicleta, contento de haber estado rodeado de niñxs felices y despreocupadxs, de haber intercambiado algunas palabras con abuelos y abuelas, de haber experimentado ese paréntesis totalmente "improductivo".

Y es que con el trabajo nuevo estoy a tope... y me gusta: me entretiene ver cómo hacen las cosas en otras empresas. Pero tengo que tomármelo con más tranquilidad, incluso por la calidad del trabajo en sí. Los compis son muy jóvenes y van muy acelerados, pero yo ya sé que las prisas no sirven de nada, al contrario, generan caos. Aún así me resulta difícil evitar contagiarme de esa actividad desenfrenada: las reuniones, los cambios de contexto, la sociabilidad, la evolución dentro del sector... Escuchaba en un programa de radio, que toda esa autoexigencia y motivación en el trabajo, nos vacía por dentro y hace posible que podamos llenarnos con los objetivos de empresa, el coaching y toda ese lenguaje con el que hablan las compañías: el lenguaje del crecimiento y el dinero como fines en sí mismos. Es fácil perderse en esa vorágine de promoción, producción, competitividad... Y olvidar todas aquellas cosas para las que de jóvenes pensábamos que algún día tendríamos tiempo: la pintura, escribir, el campo, leer, la filosofía, la familia, los trabajos manuales, la fotografía...

La sensación es bastante extraña porque, al final de la jornada, acabas extenuado, necesitas tumbarte, desconectar, realizar algún trabajo físico, deporte... El viernes me acosté a siesta, hasta que llegó la hora de salir y beber cerveza. El trabajo embrutece, lleva asociada cierta pulsión de muerte, sádica. Y ya que te sacrificas tanto, habrá que gastarse el dinero en algo. En cosas que de jóvenes no imaginábamos: artilugios electrónicos, contenidos digitales, viajes y otras vacías experiencias.

Cuando voy a las ciudades por trabajo acabo comiendo un montón de basura: shawarmas, hamburguesas, perritos... Lo hago compulsivamente, pero después del segundo atracón ya no quiero más, empiezo a sentirme pesado, inflado y triste... la vida se me representa como un sinsentido. Es similar a lo que me ocurre cuando corto de currar un día de mucha intensidad. Porque hay que cortar y descansar la mente y además hay que hacer las cosas de casa, atender a los tuyos, planificar el ocio... Definitivamente: no tiene sentido.

martes, 2 de agosto de 2022

Trabajos de mierda

Ya llevo un par de meses en la nueva empresa. Me ha resultado fácil adaptarme: a la gente y, también, a las nuevas tecnologías. Al final, las tecnologías no son tan diferentes unas de otras. Cambian los nombres, la apariencia... se busca siempre el golpe de efecto, lo revolucionario... más bien se busca el trending topic: convertir tu solución en viral, que todos se entusiasmen y utilicen ese nuevo lenguaje, ese nuevo control de versiones, el IDE supersónico, el software definitivo para la gestión de proyectos... Y está muy bien, la gran mayoría de novedades vienen a facilitar la vida a los trabajadores del sector, aumentar la productividad... con curvas de aprendizaje realmente rápidas. Los informáticos que estén próximos a la jubilación deben de flipar con lo rápido que ha evolucionado todo esto. La extrema atención que debíamos prestar para ciertas tareas, la memoria, la interiorización de patrones y lógicas de acción, la agilidad... Ya todo está automatizado, codificado, segmentado, protocolarizado... incluso los modelos de negocio: las consultoras, las empresas de producto, las que alquilan infraestructura... En cuanto surge un nuevo nicho, se le aplica la fórmula y se explota.

La gente de la nueva empresa es muy maja. Supongo que también ayuda que la mayoría son del sur -Andalucía-, eso hace más fácil la conexión, aunque sólo sea por el feeling climático, los lugares, expresiones y bromas comunes. Me hacen sentir un poco viejo. No es muy grande el desfase generacional -unos 10 años- pero, los más jóvenes, manejan unos referentes culturales de la infancia bastante diferentes a los míos. Tengo que hablar en inglés, pero no todo el rato. Mi inglés es bastante chusquero, no me siento seguro en ese idioma, tampoco tengo tanto dominio como para expresarme con todos los matices y la rapidez que me gustaría, así que es bastante liberador combinarlo con el español. La propia consultora fomenta cierto compañerismo y el establecimiento de lazos: con fiestas y reuniones ociosas, cursos de formación... Realmente consiguen crear un ambiente agradable -aunque la mayor parte del tiempo estés currando en proyectos externos-.

Hacía mucho tiempo que no trabajaba para una consultora. Son ambientes muy dinámicos, cambiantes, precarios... Hoy estás en un cliente, mañana te mandan a otro... La apariencia es muy importante: parecer que controlas, parecer que eres experto, proyectar una imagen de seguridad, decisión, ambición... Algo en lo que no soy especialmente bueno, yo soy más de demostrar con hechos. El proyecto en el que estoy trabajando me gusta, para mí es una especie de reto tecnológico, porque utiliza herramientas y lenguajes modernos con los que hacía años que no trabajaba. Me resulta novedoso, pero seguramente sea un coñazo excesivamente burocratizado para quien lleve mucho tiempo en el nicho de ese lenguaje de programación -Java- en entornos web: estamos migrando servicios a una infraestructura nueva, con lo que va muy bien para tener una visión global de las tecnologías y metodologías que se utilizan, y no estar únicamente con el foco puesto en la programación.

Quizá el peor punto en contra sea el tipo de negocios a los que se dedica la empresa para la que estoy subcontratado: juego online, apuestas deportivas, crypto... movidas muy chungas. Es lo que David Graeber definiría, sin ningún tipo de fisura, como un "trabajo de mierda": un trabajo absolutamente dañino para la sociedad. En cierta manera, el tipo de trabajos que siempre he desempeñado en mi carrera profesional: trabajos bien pagados, que otorgan cierto estatus social pero que, probablemente sería mejor que nadie desempeñara. Sólo que en este caso es mucho más explícito, no se trata sólo de sostener y reproducir un sistema social desigual e injusto, sino de trabajar para los peores vicios de nuestras sociedades: ludopatía, blanqueo de dinero, especulación... Obviamente no son cosas que yo vea en mi trabajo del día a día, que es meramente técnico: lo más que veo son transacciones de dinero, que podrían ser para apostar o para comprar productos de amazon.