domingo, 15 de marzo de 2026

La Palmera y los amigos en el Infierno

Es importante tener algún amigo abogado que nos ayude a interpretar documentos legales, también algún médico que descifre informes y analíticas, algún cargo público que facilite trámites, policías, arquitectos... Hay que tener amigos hasta en el Infierno. Especialmente en el Infierno.

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Así consiguió sobrevivir a la dictadura del militar golpista, a la transición y a la democracia. No pedía mucho y, con poca ayuda, consiguió medrar en nuestra sociedad. Se convirtió en una figura importante que, incluso, daba nombre -al paseo, el edificio a sus pies-. Quizá no sea un patrimonio necesario de mantener a toda costa. Quizá su tronco no acabe fosilizado en un museo. Pero La Palmera ha sido testigo de una época. Inmortalizada en fotos, cuadros y, por supuesto, las vivencias y recuerdos de todo un pueblo. 
Ha ido desapareciendo poco a poco: relegada a segundo plano por otras palmeras y, más recientemente, escondida tras un toldo multicolor -en el plasticoceno la vegetación cotiza a la baja en los mercados de la sombra y la ornamentación-. 
Así que, a lo que no ha podido sobrevivir es a una globalización cutre, depredadora y oportunista que igual que exporta guerras a oriente medio, se trae al cambio plagas de llamativos picudos gorgojos rojos.

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La Palmera, en su relegación a segundo plano, fue perdiendo amigos... Especialmente los amigos que se mueven por los Infiernos.





domingo, 8 de marzo de 2026

La política del parque infantil

¡Dale más fuerte Sophia! Jajaja! ¡Más alto! Jajaja! No pasa nada! Porque si nos matamos estamos al lado del cementerio! Jajajaja... - Eso decía Laia mientras se columpiaban en el parque infantil aledaño al campo santo. Y se me antojó verdad aquello de que en los pueblos se vive la muerte con más cercanía: Entierros, velatorios... La conversación misma sobre quién se ha muerto hoy, o los accidentes varios que ocurren a vecinos y vecinas están siempre presentes.
Se ha criticado hasta la saciedad la ubicación del parque infantil, pero tiene mucho de poético, de sol de justicia y de reconciliación con nuestros antepasados. Aunque los autores/responsables nunca esgrimieron esos argumentos. Pareciera más una decisión meramente técnica, económica u oportunista: -Nos dieron unos dineros para gastarnos en esto. Así que talamos los árboles, levantamos el paseo anterior y, aprovechando las demandas de las familias, hicimos un parque infantil.

Pero Langdon Winner nos dice que los artefactos son políticos. La ubicación y disposición del parque se enmarca en la estructura y el ideario de quienes gobiernan y dirigen nuestra sociedad. Un ideario donde el parque, como el cementerio, deben estar en las afueras, donde no interrumpan y entorpezcan el consumo. Un lugar agreste e incómodo de no reunión para las familias -no sea que compartan opiniones y se organicen espontáneamente-. Un lugar para mantener la infancia lejos de las cosas importantes. Un parque segmentado por edades -como la organización de nuestra educación para la inserción en sociedad-, parcelado -como la política del pueblo: delimitada al ayuntamiento, bajo la estricta tutela de quien gobierna-. 

La preocupación por el parque engloba un colectivo importante en la localidad: familias con niñas y niños en edad escolar -que pueden ser alrededor de 300 familias, nada despreciable en un pueblo de 3500 habitantes-. Pero el ideario liberal ha calado tan hondo en quienes dirigen el pueblo, que apenas existen opciones de ocio para los más jóvenes sin estar mediadas por el dinero. Así que, adolescentes, niñas y niños, vagabundean de la tienda de chuches -aprendiendo los rudimentos del capital- al parque del cemen y, cuando hace malo, se refugian con sus móviles en solares, soportales ... fuera de la mirada de cualquier tutela posible.

Como señala Winner, los dirigentes cambian, pero los artefactos continúan haciendo política: ordenando la sociedad, distribuyendo y coartando oportunidades, normalizando...

lunes, 23 de febrero de 2026

Feria, cine y barraca

El capitalismo como una feria. Llena de atracciones... Más bien como una noria: en la que giramos entre mareados y eclipsados por las luces, la música y la experiencia evasiva. Una noria donde el eje se ha quebrado y andamos a la deriba, al borde del abismo...

Los demonios de barro me identifica, me apela... Yo podría perfectamente ser la chica obsesionada con el trabajo -pero nunca llegué a perder tanto el vínculo con el pueblo-. El abuelo estaba obsesionado con el agua y comprar tierras; la nieta, con ser la mejor profesional en su sector. Obsesiones que tratan de llenar un vacío que nada tiene que ver con lo laboral o la acumulación de capital -más bien con estar donde y con quien queremos estar-. 
El piso de la chica está lleno de automatismos y tecnología. Un piso pequeño, de ambiente controlado, listo para relajarse después de una dura jornada. Pero cuando llega a la casa del pueblo, todo es manual, la naturaleza trata de colarse por cada pequeño rincón y hay un montón de tareas que exigen atención. Ese trabajo de casa tiene algo de reparador y también de obsesivo,  pero no de acumulador, pareciera una reacción ante la erosión y un adaptarse a los ritmos del entorno. 

Yo también tengo algunas manías. Me gusta fregar los platos a mano con agua fría. Es mi particular homenaje a Diógenes: fregar a mano es mi "comer lentejas"; lo que me salva de adorar al rey -contratar más potencia de luz-. 
Cada nuevo pequeño cambio en el hogar es con electricidad. Y existen alternativas, aunque no sean tan molonas como una air-fryer... La sartén es un rudimento poco atractivo en los mercados de las luces, los pitidos y la inteligencia artificial.

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Ayer me fui con mi suegro y sus colegas a "la barraca". Una chabola en el campo, donde tienen un pequeño huerto, gallinas, perros... Todo hecho a mano con lo que han ido recogiendo por ahí, comprando y aportando cada uno. 

Pasamos frente al Mataró Parc. Y, mientras Manolo iba contando la retahíla de males que lo aquejaban, el centro comercial se aparecía como en otra dimensión, un lugar totalmente al margen de nuestra realidad, algo irrelevante que trataba de llamar mucho la atención en el paisaje de pinares, invernaderos, edificios, autopistas...

Por fin brillaba el sol y me resultaba muy extraño y relajante estar hablando allí sobre las lluvias, los pueblos, la política, las enfermedades de los mayores, el ruso que había comprado los terrenos e iba a tirar la barraca... mientras preparábamos la panceta y la butifarra a la brasa y echábamos un trago al porrón de vino.

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En El regreso de las golondrinas hay un contraste muy fuerte entre el mundo rural de los protagonistas -anclado en técnicas y formas de vida ancestrales- y la vida nueva, brillante y acelerada que se abre paso en las ciudades: acumulando capital, comprando y vendiendo bienes de consumo. 
Los protagonistas trabajan duro para hacerse un hogar en el mundo. Resulta hipnótico, el sucederse de las tareas agrícolas, la mula tirando del carro, la tarea titánica de construir una casa fabricando su propio adobe... Lo extraño son los coches pasando a toda velocidad, el bmw, el chico de ropa nueva que regatea los salarios, el piso en la ciudad... 
En el pueblo me siento a veces como el protagonista, porque conviven los 2 mundos: el moderno y creciente capitalismo de consumo y los resquicios de autosubsistencia ligados al campo. Quizá no importa mucho que ahora tengamos que cuidar de motosierras, tractores y desbrozadoras, en lugar de mulas.... O quizá sí importa... Quizá nos hemos vuelto como nuestros medios: más máquinas, más ruidosos, más acelerados, más consumistas, menos sensibles al dolor ajeno.

viernes, 6 de febrero de 2026

Religiosidad

Estaba viendo un episodio del Escarabajo Verde. Hablaban de la muerte y de enterrarse. En algún momento se plantea la opción de enterrarse directamente en un agujero en el suelo -sin ataúd ni nada-, es muy romántico y ecológico... Pero eso es algo que no se puede hacer -por restricciones legales-. Sin embargo, el mercado ofrece un montón de productos para que tu recipiente sea más ecológico. Ni en la muerte nos libramos de los productos, de El mercado...

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He estado estudiando Filosofía de la Religión (II). No soy una persona religiosa, ni mística. No creo en el más allá, ni en la idea de justicia reparadora. Moriremos y los ricos construirán urbanizaciones sobre nuestras tumbas. Pero está bien tener esperanza. A veces todos necesitamos tener esperanza y creer que existe un sentido.
Lo más parecido a la religiosidad que puedo experimentar, es cierta comunión con el Mundo, especialmente en contacto con la Naturaleza. Resulta sublime sentirse parte de esa inmensidad, complejidad, perfección... El sentimiento oceánico.
Pero el mito, la leyenda sí que me interesa. Me interesan los mitos griegos y también los bíblicos. La figura de Cristo es apasionante. 
No se puede negar que nuestra cultura le debe muchas cosas buenas a la religión cristiana. Pero el mesianismo da paso a la institucionalización y, esta, a la opresión, el privilegio y su conservación a toda costa. Al mesías se le obedece porque se le ama, y a la institución sólo porque se la teme
Es cierto que hay personas religiosas muy malas -seguramente serían aún peores sin religión-. En Occidente ha perdido mucha fuerza como fuente de valores morales y espirituales. El consumo, el ocio, la tecnología, el mindfulness, las pantallas, los criptobros... le van comiendo terreno. La sociedad se individualiza y los grandes poderes campan a sus anchas segando vidas sin ningún escrúpulo. Ya no es la religión el opio del pueblo, ahora tenemos otras drogas. Y las críticas de la ilustración ya no tienen tanto sentido.

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Hace unas semanas matamos un cordero. Era más grande que los que solemos sacrificar. Pesaría unos 50 kilos. Estaba buenísimo. Las mejores chuletas que he probado nunca. Tenía el buche lleno de hierba y bellotas . Podría perfectamente ser El Cordero de Dios. Porque Dios no será todopoderoso, pero sí es bueno.

domingo, 18 de enero de 2026

Los agujeros negros

Ya no me siento inspirado/animado a escribir. No encuentro tiempo, no se dan las circunstancias de solitud. Luego miro las estadísticas del celular y veo ese montón de horas perdidas en los agujeros negros del scroll y los reels infinitos... Todo está mal en internet. Me está generando pésimos hábitos, no consigo estar cerca de una pantalla sin estar checkeando cada 5 minutos: el tiempo, whatssap, face, correo, el chat del curro, compras... Me está dejando el cerebro frito. Necesito un  llados que me diga lo de la fucking panza, que empiece a orar, que madrugue más, que deje el alcohol y mis amigos para que mi futuro se llene de lamborginis y chalets en la playa.

Lo que más me relaja es cuando dejo el móvil aparcado y me pongo con mis tareas campestres: hacer leña, cortar los mamones, podar, pintar... 
Esto del blog, no. Porque tengo que hacerlo delante de una pantalla. Y ya he dicho que la pantalla está llena de agujeros negros. Me da pereza hasta consultar lo que yo he escrito -y la mayoría son notas personales, para mi yo del futuro, para mi yo perdido en algún agujero negro-. Tanto me he acostumbrado al contenido fácil, sexy y rápido que me lanzan a bocajarro, que me da pereza hasta leer lo que otros escriben -solo lo leo si es corto, directo, fácil y sexy-. Corren malos tiempos para Azorín.

"Nuestras vidas se consumen, el cerebro se destruyeNuestros cuerpos caen rendidos como una maldiciónEl pasado ha pasado y por él nada que hacerEl presente es un fracaso y el futuro no se veLa mentira es la que manda, la que causa sensaciónLa verdad es aburrida, puta frustración" - Cerebros destruidos