lunes, 23 de febrero de 2026

Feria, cine y barraca

El capitalismo como una feria. Llena de atracciones... Más bien como una noria: en la que giramos entre mareados y eclipsados por las luces, la música y la experiencia evasiva. Una noria donde el eje se ha quebrado y andamos a la deriba, al borde del abismo...

Los demonios de barro me identifica, me apela... Yo podría perfectamente ser la chica obsesionada con el trabajo -pero nunca llegué a perder tanto el vínculo con el pueblo-. El abuelo estaba obsesionado con el agua y comprar tierras; la nieta, con ser la mejor profesional en su sector. Obsesiones que tratan de llenar un vacío que nada tiene que ver con lo laboral o la acumulación de capital -más bien con estar donde y con quien queremos estar-. 
El piso de la chica está lleno de automatismos y tecnología. Un piso pequeño, de ambiente controlado, listo para relajarse después de una dura jornada. Pero cuando llega a la casa del pueblo, todo es manual, la naturaleza trata de colarse por cada pequeño rincón y hay un montón de tareas que exigen atención. Ese trabajo de casa tiene algo de reparador y también de obsesivo,  pero no de acumulador, pareciera una reacción ante la erosión y un adaptarse a los ritmos del entorno. 

Yo también tengo algunas manías. Me gusta fregar los platos a mano con agua fría. Es mi particular homenaje a Diógenes: fregar a mano es mi "comer lentejas"; lo que me salva de adorar al rey -contratar más potencia de luz-. 
Cada nuevo pequeño cambio en el hogar es con electricidad. Y existen alternativas, aunque no sean tan molonas como una air-fryer... La sartén es un rudimento poco atractivo en los mercados de las luces, los pitidos y la inteligencia artificial.

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Ayer me fui con mi suegro y sus colegas a "la barraca". Una chabola en el campo, donde tienen un pequeño huerto, gallinas, perros... Todo hecho a mano con lo que han ido recogiendo por ahí, comprando y aportando cada uno. 

Pasamos frente al Mataró Parc. Y, mientras Manolo iba contando la retahíla de males que lo aquejaban, el centro comercial se aparecía como en otra dimensión, un lugar totalmente al margen de nuestra realidad, algo irrelevante que trataba de llamar mucho la atención en el paisaje de pinares, invernaderos, edificios, autopistas...

Por fin brillaba el sol y me resultaba muy extraño y relajante estar hablando allí sobre las lluvias, los pueblos, la política, las enfermedades de los mayores, el ruso que había comprado los terrenos e iba a tirar la barraca... mientras preparábamos la panceta y la butifarra a la brasa y echábamos un trago al porrón de vino.

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En El regreso de las golondrinas hay un contraste muy fuerte entre el mundo rural de los protagonistas -anclado en técnicas y formas de vida ancestrales- y la vida nueva, brillante y acelerada que se abre paso en las ciudades: acumulando capital, comprando y vendiendo bienes de consumo. 
Los protagonistas trabajan duro para hacerse un hogar en el mundo. Resulta hipnótico, el sucederse de las tareas agrícolas, la mula tirando del carro, la tarea titánica de construir una casa fabricando su propio adobe... Lo extraño son los coches pasando a toda velocidad, el bmw, el chico de ropa nueva que regatea los salarios, el piso en la ciudad... 
En el pueblo me siento a veces como el protagonista, porque conviven los 2 mundos: el moderno y creciente capitalismo de consumo y los resquicios de autosubsistencia ligados al campo. Quizá no importa mucho que ahora tengamos que cuidar de motosierras, tractores y desbrozadoras, en lugar de mulas.... O quizá sí importa... Quizá nos hemos vuelto como nuestros medios: más máquinas, más ruidosos, más acelerados, más consumistas, menos sensibles al dolor ajeno.

viernes, 6 de febrero de 2026

Religiosidad

Estaba viendo un episodio del Escarabajo Verde. Hablaban de la muerte y de enterrarse. En algún momento se plantea la opción de enterrarse directamente en un agujero en el suelo -sin ataúd ni nada-, es muy romántico y ecológico... Pero eso es algo que no se puede hacer -por restricciones legales-. Sin embargo, el mercado ofrece un montón de productos para que tu recipiente sea más ecológico. Ni en la muerte nos libramos de los productos, de El mercado...

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He estado estudiando Filosofía de la Religión (II). No soy una persona religiosa, ni mística. No creo en el más allá, ni en la idea de justicia reparadora. Moriremos y los ricos construirán urbanizaciones sobre nuestras tumbas. Pero está bien tener esperanza. A veces todos necesitamos tener esperanza y creer que existe un sentido.
Lo más parecido a la religiosidad que puedo experimentar, es cierta comunión con el Mundo, especialmente en contacto con la Naturaleza. Resulta sublime sentirse parte de esa inmensidad, complejidad, perfección... El sentimiento oceánico.
Pero el mito, la leyenda sí que me interesa. Me interesan los mitos griegos y también los bíblicos. La figura de Cristo es apasionante. 
No se puede negar que nuestra cultura le debe muchas cosas buenas a la religión cristiana. Pero el mesianismo da paso a la institucionalización y, esta, a la opresión, el privilegio y su conservación a toda costa. Al mesías se le obedece porque se le ama, y a la institución sólo porque se la teme
Es cierto que hay personas religiosas muy malas -seguramente serían aún peores sin religión-. En Occidente ha perdido mucha fuerza como fuente de valores morales y espirituales. El consumo, el ocio, la tecnología, el mindfulness, las pantallas, los criptobros... le van comiendo terreno. La sociedad se individualiza y los grandes poderes campan a sus anchas segando vidas sin ningún escrúpulo. Ya no es la religión el opio del pueblo, ahora tenemos otras drogas. Y las críticas de la ilustración ya no tienen tanto sentido.

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Hace unas semanas matamos un cordero. Era más grande que los que solemos sacrificar. Pesaría unos 50 kilos. Estaba buenísimo. Las mejores chuletas que he probado nunca. Tenía el buche lleno de hierba y bellotas . Podría perfectamente ser El Cordero de Dios. Porque Dios no será todopoderoso, pero sí es bueno.